Ignore yourself
Con tanto silencio no hay quién te oiga
Eso es, leerse a una misma
T'estimo Xavier
"Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. ¿Pero qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandondonarlo. ¿La persiguió él?¿Se vengó?No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser."
Y entre toda esa inconsistencia, ese desequilibrio, se dibuja un T'estimo Xavier que puede simbolizar la voluntad de poder, la aceptación de todo este caos que se esboza a nuestro alrededor, la decisión, la superación y la determinación. Porque por encima de todo eso, de las olas, de la arena, de los pies mojados, existen unos sentimientos que pueden desdibujar el paisaje, que no cambian la situación, sino que la hacen completamente llevadera, convirtiéndola en un dulce devenir. Tal vez Xavier esté con ella, entre las olas. Tal vez quiera compartir con ella toda esta insustancialidad, tal vez su compañía sea la única que puede paliar este sentimiento de debilidad. Y así, lidiar de nuevo con el destino. Y así, combatir la insoportable levedad del ser.
"No se puede envidiar sin odiar. El odio es la pasión que necesita el envidioso".Escrito un jueves 18 de agosto de 1988.
Todo es empezar
Pero ya está.
Todo es empezar.

Lo que nace

Busco desiertos con la mirada. Sólo encuentro lagunas en las que humedecer mis labios para seguir traduciendo y descodificando lo que serían galimatías para el resto, aquello que he interiorizado durante años y brota en forma de fragmentos mutilados, de pequeñas vacilaciones o, en el mejor de los casos, momentos de parálisis en los que dos tímidas voces se unen para actualizar mi mente. Y con ello, provocar una reinterpretación de los estímulos recibidos a través de mis sentidos.
Pensar esto a la 1:08 de la mañana no debe significar nada bueno ( y menos aún, nada malo) aunque me da la no tan grata sensación de que al final siempre acabo suspirando al aire. Como aquella chica que vi el otro día, sentada sobre el respaldo de un banco, apoyando sus altas botas negras en el asiento. Blandía un cigarrro como si fuera el pasaporte al estrellato. La miré con un cierto toque de desdén, a ella y a su fantasmágorico fotógrafo que debía esconderse tras un matorral, tal vez en el mismo instante en el que yo pasaba con el coche estaba cambiando el carrete, o directamente no existió nunca. Me dieron ganas de bajar, dar un sonoro portazo y otro en su tersa piel ligeramente rosada, porque hacía un frío de espanto.
Aunque también son fases, me digo mientras escribo esto. No vuelvas a tu tierra patria con un bazooka bajo el brazo. Al menos, píllate un francotirador y haz un trabajo más limpio.
Tal vez esas formas de evasión forzada no hayan cambiado tanto pensaba y las tropas pro sentarse en la ventana moteada de lluvia todavía permanezcan desplegadas. Y aunque no lo parezca, yo de vez en cuando desprendo empatía. Porque no me queda otra, vamos.

Y así es la manera más fácil de pensar con la cabeza fría. Si es que no la tengo siempre así, porque parece que esté adormecida. Dijeron que me atreviera y tiemblo sólo de pensarlo, porque todo fluye y aunque dé saltos de alegría mantengo en mi puño cerrado aquello que otros colocaron en la cumbre de su vida, aquello que algunos llaman libertad.
Da igual como lo llames, todavía no encuentro forma de comerme el mundo, y mucho menos de digerirlo. Mientras tanto, embadurno ciertos sabores amargos con zumo de piña. Y siempre asintiendo con estos cascos de dj zombie que acabaran por hacer que pierda la cabeza. Literalmente.
Esta boca es mía

Sin embargo, ahí encerraba los días en frascos de colores distantes, de esos tonos apagados que se vuelven ásperos con el tiempo. No sabía describirlos y tampoco quería, porque nadie lo hace. Eran colores, y ya está.)
Digan lo que digan

¿Quién podría tener una sala de invitados colmada de mapas que por aquel entonces podrían antojarse como un acceso a lo desconocido, aunque ahora más bien sólo sea una muestra de las limitaciones de la cartografía, las expediciones y los descubrimientos? Hice desaparecer a todos los turistas que estábamos en la sala y proyecté figuras que debían coincidir con las que, hacía muchos años, habían circulado por aquella estancia. Imaginé mujeres de mejillas exageradamente rosadas que revoloteaban su abanico como mariposas extasiadas, sus cuerpos embotellados en aquellos corsés y sus zapatitos ocultos bajo la cúpula de unas faldas que, con esmero y delicadeza, se acariciaban asiduamente. Pero pronto les quité el tinte barroco de su maquillaje para extirparles el aspecto grotesco, esos labios curvados que expresaban disconformidad. No cabía el desdén en mi imagen, y me deshice de numerosas joyas, anillos papales y cadenas doradas. Quería realidad e hice un esfuerzo enorme para concentrarme. Aunque no calibraba con exactitud la época, no me importaba. Quise hallarme conforme con mis esquemas y sólo era yo la que me juzgaba. El resultado debía ser exquisito.
Con un suave toque de varita, coloqué a sus respectivos acompañantes, formales, que debían mostrar una sonrisa fácil. Uno de ellos parecía esgrimir la razón en cada uno de sus argumentos, mientras dejaba que la delicadeza de sus dedos emulara el movimiento de un joven amante que ondea el pañuelo blanco de su romance. Pero no, el personaje A, no era impresionable, más bien, impresionaba. Presionaba. Porque sobre la palma de sus manos se cruzaban las líneas de un destino no tan incierto, sino el verdadero rastro del éxito, que perfumaba sus palabras, sus acompasados pestañeos e incluso las pausadas respiraciones entre las que dejaba que cómodamente se acurrucaran sus argumentos. Sin embargo, personaje A, a pesar de las apariencias tenía una silueta nítidamente perfilada en su mente, con la que también compartía espacio físico, ya que estaba a unos metros de él, enzarzada en una conversación con personaje C. Él la miraba, pero no con los ojos, sino que la mantenía presa en su mente, con la suave huella de las cadenas en sus muñecas. Pero por mucho que personaje A intentara mediante el regalo del destino, hacerse con algún beso o al menos, con una caricia furtiva que se escapase entre suspiros no la encontraba receptiva, no había en ella ni un ápice de coquetería que le diera permiso a este caballero para visitarla, aunque tan sólo fuera en sueños o en imaginaciones.
En ese mismo instante, personaje A había dejado caer su mirada sobre ella y perseguía cada uno de los detalles de un perfil que parecía modelado con el mismo fango de la creación, con unos rasgos que permitían que los dedos divinos se deslizaran por todo su cuerpo, jugueteando con las cuencas de sus ojos, su nariz ligeramente puntiaguda, el piquito caprichoso que se adivina en sus labios, el mentón aniñado que daba paso a un terso y blanquecino cuello. No obstante, personaje A se vio obligado a dejar de admirarla en el mismo momento en el que sus ojos serpentearon una de las venas que surcaban el cuello, como un rastro de lágrimas inocentes. Fue entonces, como despertada por el tacto invisible, cuando personaje B notó un débil calor sobre sus mejillas y giró su rostro hacia el ventanal que se hallaba al otro extremo de la sala. Sin embargo, no se cruzó con la ávida mirada de nuestro caballeroso personaje A, quien había recobrado la conciencia y tomaba control de todo cuanto veía, recomponiéndose de nuevo en la anodina pero comprometida conversación con personaje D. Nuestra sencilla dama no pudo evitar pasar su mano por su cuello, sin pensar, sólo para darse un tiempo para recobrar la respiración y retornar a la espiral de asentimientos y breves intervenciones en la que estaba inmersa.
Personaje D, un hombre de rigor, había de causar buena impresión y esa era sin duda, la única expresión que se ajustaba enteramente con su actitud. Un tanto henchido, guardando las distancias, se divertía coqueteando sobre su patrimonio, aborreciendo con glotonería las últimas piezas artísticas del momento y con la odiosa costumbre de perfilar con la punta de sus dedos el contorno de un bigote que no existía en aquel momento y que nunca existió. Personaje C, que tejía con sus uñas incisivas complicadas madejas, embrollos amorosos que sólo se entrañaban en su mente, dejaba caer de su boca una cascada de superficialidades. Manaban de sus carnosos labios bocetos de palabras, deformes, letras desencajadas y retorcidas, sonidos chirriantes y sibilinos que caían torpes ensuciando sus pechos generosos, su falda floreada para acabar pudriendo las baldosas. Personaje B evitaba la corrosión de todos aquellos desvaríos evadiéndose, manteniendo una distancia de cortesía, moderando unas palabras ambiguas y breves que podían cerrar el círculo de la conversación con rapidez.
Y en medio de todo aquel desbarajuste coloqué gente, con sus preocupaciones y sus temores. Con vestimenta semejante, con un porte que fingían que era el mismo pero que brillaba por su particularidad. No quise caer en el saco de los romances imposibles, porque en un primer momento no lo pretendía. Salieron solos, personaje A y B, que buscaron su propia complicidad mientras yo sumergía mi pluma en el tintero y en cuanto volví decidida a mi trabajo, ya era demasiado tarde. Todas las cabezas estaban iluminadas por el mismo fulgor, por la misma luz, pero aún así, sus cuerpos la recibían de manera distinta y los colores se distorsionaban en el ambiente, bajo el suave compás de una canción inoportuna. Di un paso al frente para mimetizarme con aquella masa, para sentir, para entreramente descubrir qué se vivía, qué eran esos temores que sólo podía intuir pero no determinar. Pero llegaron a mis oídos la melodía de la realidad. La misma que me recordaba que yo no observaba otra cosa sino los tejidos de propia imaginación y que todavía permanecía en una sala de un palacio, que tal vez no fuera encantado, ni encerrara ninguna princesa, pero sobre el cual se podrían haber escrito, o al menos, imaginado, varios delirios.
They share a look in silence and everything is understood
Estelas.
No obstante, me ahogué en mis propios chasquidos de lengua. ¿Tenía él razón? Yo sonreía, era inevitable, no podía aceptarlo, estaba presenciando cómo algo que en un primer momento me había parecido absurdo tomaba forma y ganaba color conforme el tiempo transcurría (más bien conforme me miraba con esa expresión de pleno convencimiento que se había tatuado). Y perdí los papeles, se me iban, se me iban las palabras, chocaban atontadas contra sí mismas. Joder, va a tener razón.

En aquel momento, la sonrisa que se dibujó en mis labios confesó mi desconcierto. Un leve asentimiento apoyó la idea de rendición, y entorné los ojos, para digerir todo aquello, para tragar la derrota y, acto seguido, zambullir mi mano en el bolso. Era hora de cambiar mi punto de vista y con un movimiento ágil conseguí alcanzar las lentes. Y vaya, ya no pude dejar de sonreír.
Murakami

Y vaya si lo hice, lo acabé, con un esbozo de sonrisa. Per o no hay que malinterpretarla, no era un gesto de picardía, ni siquiera un asomo de satisfacción, ni siquiera un sabor agridulce. Era la amargura de una tomadura de pelo, me sentía como si me hubieran amordazado con la cuerda del telón, como la cómplice involuntaria de la mayor estafa de la historia. Estaré exagerando, no lo dudo, pero había adoptado una predisposición muy positiva, había dejado casi entreabierta la puerta hacia mi rincón, incluso me había permitido hacer trampa para casi dejarlo entrar en las primeras páginas. Pero yo, ofreciendo la mejor de mis sonrisas y después de haber corregido la falda del vestido, cerré el libro y lo dejé sobre la estantería, sin saber qué pensar, literalmente.
Pasó el tiempo y adorné de mi frustración mi mirada en cuanto se posaba en la portada del gato verde, hasta que encontré los otros tres libros que había adquirido en ese ataque de ingenuidad. Dios mío y ahora qué hago. Dejé a un lado mi sentimiento de loba herida y cogí Sauce ciego, mujer domida, un libro de relatos breves. Lo encontré, con un gesto burlón en cada párrafo. Con un máscara de carnaval, esperando encontrarse con mi mirada para sacarme la lengua, para penetrarme con los ojos de cartón, para emitir una risa aguda que resonaba en mis oídos. Lo acabé entre suspiros y quise colocarme las gafas de sol, dejar caer la cabeza y entregarme al calor del una tarde de verano.
Mi madre se leyó Sputnik, mi amor y me lo recomendó. Decidí acabar con este tema, tratar de despojarme de la incesante suciedad que iba echando sobre mí y me encontré con una grata sorpresa. Me gustó, no llegó a entrar, pero se quedó a las puertas. Pero también fue porque mantuve su rígido cuello entre mis dedos y me negué a seguir leyendo si continuaba con su sátira destartalada. Fui capaz de cerrar los oídos y encontrarlo a él y dejarlo pasar, con un gesto un tanto torcido.
Después de estos libros, incluso me atreví a coger el último libro Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo pero desistí pronto, porque fue meter el pie en su charca y descubrir que sólo era lodo. No quise meterme allí de nuevo.
Después de contar esta experiencia con el autor, creo que tengo suficientes motivos como para calificarlo como un indeseable picor. Ahí está, Murakami, en las estanterías, en la boca de la gente, y no hace más que escocerme, pero al rascarme de una forma salvaje sólo me hago heridas. Lo encuentro a él, a su burla, a su parafernalia, sobre mi piel y al intentar arrancarlo, dejo arañazos.
Cada vez que alguien me dice que le gusta Murakami, pues bueno, me rasco de manera escandalosa y violenta, me coloco bien la falda del vestido y pongo mi mejor sonrisa.
Black in time
No sé, me decías entre bostezos, no lo entiendo.
Claro que no, qué vas a entender. Nadie entiende nada.
--------------

Que alguien me lo explique.
Temen a esta bruja si temen a su varita
Le gusta leer historias de vampiros enamorados que se ven impotentes ante el fatídico destino que creó barreras, pero que se entregan y deciden guiarse por los sentimientos que se entrelazan entre ellos. Pasa varias noches delante del ordenador, posteando con imágenes de princesas olvidadas, con vestidos estrafalarios, maquillaje oscuro y atrapadas bajo una máscara de soledad. Prefiere mirar a la luna, con el aroma del jazmín sollozando bajo su ventana, e imaginarse en un castillo encantado, mientras suena alguna melodía empalagosa y nostálgica. Quizá llora, al recordar, o quizá llora porque es incapaz de revivir momentos lo suficientemente tristes como para sentirse carcomida por la melancolía. Era verdad lo que decían, asentía. Vislumbró que no era sino la ilusión de tristeza la que más feliz le hacía, que prefería construir todo un universo lleno de mentiras, de desamores idílicos y de promesas quebradas, que era mucho más fácil volcarse en escritos que evocasen tiempos mejores, que recogieran sentimientos ajenos y otros escombros. Quería sentirse una princesa olvidada, una sombra del destino, producto de una serie de desdichas y erosionar su alma con falacias deliciosas, que dejaban amargos sabores (o eso había leído).
Miraba la portada de sus libros favoritos, y bajo la palma de su mano percibía el latir de problemas que jamás se interpondrían en su vida, de otros enredos que hacían vivir con pasión, con amor, con desolación, con desazón, con esperanza, con alegría, las inquietudes, quizá la búsqueda de un sentido para seguir despertando cada mañana (sin su olor). Mira su móvil esperando alguna llamada perdida, más bien, sin esperarla. Se había entregado al sensacionalismo y se revolcaba en el engaño, se mentía a sí misma cuando se calzaba esa actitud fantasmágorica, quizá de viuda frustada, o de princesa enterrada bajo promesas de amor eterno.
Pero ¿quién ha comenzado esta mascarada?
36
Soñabas con despojarte de cualquier materialismo que pudiera colarse entre tus sentidos, cualquier distracción que contaminara tu mirada, pero ni siquiera los sentimientos que deberían desbocarse en tu interior cuando cerraras los ojos serían naturales. Ni te transportarías a mundos paralelos, ni seguirías un instinto, que ya se quedó perfectamente taponado hace tiempo. Nos hemos acostumbrado a pisar suelo y a desplegar unas alas ficticias que apenas gozan de la capacidad sensorial de nuestra piel. Injertos. Estamos desmembrados. Siento y no es más que una interpretación ya preparada, que se desencadena a través del sistema de automatismos que se configuran en mi mente. Así, valoro, actúo y ejecuto como acostumbro, con la razón, o lo que llaman razón entumecida, distorsionada. Los mismos límites que se establecieron para evitar la guerra de todos contra todos ahora son los que nos encierran. Pero es que, Paloma, no queremos vivir como animales, queremos una vida digna, un respeto por los derechos, una defensa sólida hacia la libertad del individuo. Queremos convivir. Me cansé de la ficción y quiero, ahora, volver a la realidad. Y con un suave toque de varita, despertar.
Ánforas por deshilachar
Hablaba hoy conmigo misma. Reflexionaba sobre las palabras, alma cándida, y lo fácil que supone articularlas. O no.
Cuando pienso en "sabiduría" y en mi mente visualizo a una bella Penélope, con rostro cauto y semblante decidido, que deja caer, como quien posa para la eternidad, el agua que todo lo cura, el agua que todo lo arrastra, del cuello de un ánfora milenaria. Los pliegues de una túnica azulada que evocan al sonido del mar, una larga y cuidada melena que simula las olas de un mar embravecido y unos párpados ligeramente cerrados, que buscan la trayectoria del agua que cae describiendo una curva perfecta, sobre la tierra. Con los pies descalzos, un gesto sereno y todo el tiempo del mundo, mi Penélope personalizada vierte toda su sabiduría con una elegancia impoluta, haciendo uso de esa mágica e hipnótica pose griega que inspira admiración sólo con mirarla y deseo, de permanecer entre pergaminos interminables, conversaciones elocuentes y guerras sanguinarias. Y es que cuando pienso en la palabra sabiduría y su portador, siempre se esboza ligeramente esa imagen en mi cabeza. Metafóricamente hablando, por supuesto.
Términos que parecen tan absolutos y perfectos, apenas volubles, apenas vulnerables, como el amor, la tristeza, el odio, la angustia, la tenacidad, la belleza, el miedo, la melancolía y otros que brotan de largos poemas, se me antojaron, hoy, totalmente inermes.Quise extraerlos, sentarme y tomarme mi tiempo, sí, repetiré, tomarme mi tiempo para poder desglosarlos. Me pregunté, entonces, si lo que yo llamaba amor, lo era para los demás. Si incluso lo era para mí, y no era producto de una mala articulación. ¿Merecen llamarse así? ¿Interpreto correctamente lo que siento? Espera, ¿sé interpretar?¿sé qué es lo que siento?

Balbuceé, en mi interior, un "dios mío". Y continué andando, esta mañana, perdida entre turbios pensamientos. No, otra vez lo mismo, miedo. Abrí la puerta del qué puede ser, qué fue y que será y ahora no encuentro el modo de cerrarla. Todavía lo rumio y sigo sin encontrar respuesta. ¿Qué dices que sientes? ¿Por qué afirmo con tanta facilidad que yo también? ¿De verdad te entiendo?¿Debería?
Se abrió el abanico del pasado y una ligera brisa azotó mi memoria. El ejemplo clásico de los colores. Digo yo, decimos todos, que las fresas son rojas, pero apenas sabemos calificar los colores, que no existen adjetivos objetivos para hacerlo (aunque los adjetivos nunca puedan ser estricamente objetivos, pero eso dejémoslo para otro día) y acabas comparándolo con otros objetos que brillan igual, describiendo largas cadenas de cosas. Pero, obviamente, para ti compartirán el mismo color porque eso sí es algo fehaciente, pero quién dice qué color es cuál. Y si donde tú ves azul para mí es verde, y si donde yo veo rojo, como el carmín, tú también lo acuñarás rojo, cuando quizá sea mi naranja.
Así, así, Penélope encuentra un nudo casi imposible de deshacer en la madeja. Y trata de deshacerlo, de destruir, para crear de nuevo, pero al igual que yo, sólo encuentra trozos deshilachados. Desería saber, sin poder denifir con precisión qué quería decir aquello, pero desearía vislumbrar qué se esconde detrás de esta maraña de contratiempos, grietas y moldes que se van puliendo y cambian de forma con el paso de miles de años, o tan sólo en cuestión de segundos. Quería entender, comprender, y no sentirse inmersa en noches interminables que se enmascaran en suaves choques de varas y más de una vez se vio tentada a hacerse con una de esas máquinas que consiguen perfilar y coser, con mucha más eficacia y con menor esfuerzo, su destino, sus pensamientos, su tiempo, su vida. Pero renegó de aparatos, que ya se sabe que los carga el diablo, para entregarse de nuevo al roce de sus manos, que se entrecruzan segundo tras segundo, minuto tras minuto, noche tras noche, y que paulatinamente se van deteriorando. Como yo, que busco una distracción que consiga evadirme mientras mis manos se van entrelazando, de manera invisible, segundo tras segundo, minuto tras minuto, noche tras noche, para poder tejer mi destino, mis pensamientos, mi tiempo, mi vida, para poder tejerme a mí misma.
Insomnia

Y se entregó al poder de la noche, a sus sombras, a la alevosía, a un devenir bastante predecible, pero al carácter perfectible del momento, y hundió sus finos tacones en la alfombra que le conducía a una experiencia posiblemente superflua, vacua o quién sabía, quizá gloriosa, demoledora e increíblemente deliciosa. Ella no lo sabía pero tampoco quería saberlo. Abrió el bolso con un suspiro para hacerse con el perfume que le arrastraría a horas llenas de susurros, frases inconexas y atrevimientos. Pasó uno de sus finos dedos por sus labios, tatuando en ellos una invitación, que, rechazada o no, esperaba el momento idóneo para materializarse, entre humo y chispas, para dejar la chistera vacía.
Idilios íntimos
Detrás de la puerta no hay nadie. Él se acerca sigilosamente y pega su oreja a la madera. No se oye ni un alma, que diría mamá y aún así desliza su mano por la plancha, para encontrarse con las asperezas, los relieves imprevistos y los recuerdos que quedaron sellados. Cierra los ojos, para transportarse lejos, lejos de casi todo, y se humedece los labios, concentrado. Miel, piensa. Suavemente las yemas de sus dedos comienzas a dibujar figuras en las arenas movedizas. Miel. Y sus dedos se sumergen en un líquido viscoso lentamente. Dorada, la miel es dorada. Pasa la lengua por sus dientes y ahí está, empalagosa, densa y dulce, muy muy dulce, demasiado, porque sus dientes comienzan a temblar. Intenta hablar, pero decide barnizar la puerta con su lengua y sus papilas gustativas se contraen, se resienten al entrar en contacto con la insípida y roída madera. A la mierda, él se pierde entre sus sentidos. Y cuando vuelve a encontrarse con su paladar, cierra los ojos para evocar las olas del mar, los momentos que quedaron resguardados a la sombra, e incluso el olor, el frágil aroma de los días que quedaron estancados en un álbum, en la sonrisa ladeada de mamá, la delicada caricia de la espuma que destruye los primeros castillos que se atrevió a erigir. Por ti, pequeña, por ti. Se atreve a sonreír, todavía detrás de la puerta, y a reír porque se acuerda de tus palabras, tus réplicas y tus otros reproches. Piensa que eres única y deja que su dedo índice se pierda entre las líneas que atraviesan la superficie de la madera, pero no se contenta con el recuerdo, no lo hace, abre la puerta.
La modernidad y otras cursilerías
Echo de menos un martillazo directo sobre mi cabeza que provoque un estallido, la erupción de un dolor profundo y que se vierta la lava, que me abrase la piel, que se derrame por mis brazos y se enrosque entre mis dedos.
Y poco a poco, estremecerme, sentir el calor, el ardor de los escalofríos, las lágrimas de impotencia, adentrarme en el silencio por un segundo, y volver a notar el latido de un corazón desbocado, patalear con fuerza , break on through to the other side.
Everybody loves my baby
Everybody loves my baby.)
Que vengan, que vengan que los estoy esperando.
Bandera negra
Es que parece que el exuberante mundo de los pensamientos sólo esté reservado para los más capacitados, aquellos con el cráneo kilométrico o con el ego elefantiásico. Y son, en ocasiones, aquellos que más dicen pensar, que más debaten o meten cizaña, los que menos activan su aparato moldea-y-jerarquiza-tus-ideas, son los que tienen un poster de Reservoir Dogs (ejem), los que leen Hesse en el metro (ejem), o los que fardan por considerar que las pinturas negras de Goya son una delicia a los que se les ha otorgado el legado de la filosofía actual. Hermanos, caminad con aires de superioridad, pues a vosotros se os ha concedido el don de la reflexión y sólo seréis los miembros de vuestra estirpe los capaces, los hábiles, los que verán más allá del reflejo de su figura en el espejo y no le preguntarán, ambiciosos, por la belleza universal, sino por la verdad absoluta. Sólo aquellos que descansan en un parque, al solecito de un banco, con las piernas cruzadas y viendo a la gente pasar serán los elegidos.
Bueno, creo que el mensaje está claro, paso de recrearme más. Y es que todo el mundo puede tener ideas, unos más complejos que otras, también porque unos se preocupan en estimular su creatividad e imaginación, otros aseguran hacerlo, y ya ves a la rubia de pelo erizado delirar mientras espera al autobús. Si es que hay días en los que nos dan arrebatos de lucidez y no somos capaces de valorarlo. Eh, PENSAMOS. Eh, REFLEXIONAMOS.
Y no te creas que lo que diga yo sea cierto, sólo porque entrelazo mis dedos, ni aquel sabiondo que asegura haberse leído la obra entera de George Orwell, ni el palurdo ese de gafas que te mira con aires de condescendencia. Abajo los burgueses de pensamiento.
No pasa nada si pecas de ser un soberbio imbécil, al menos, te atreves a interesarte y no te quedas de brazos cruzados. Escucha, aprende y medita. Poco a poco se irá abriendo ante ti un mundo totalmente nuevo de ambigüedades que te traerá más de un quebradero de cabeza. Y ahí que me quedo yo, placer absoluto. Pero por dios y por la virgen, no te encojas de hombros, no pases del asunto ni asegures que te importa una mierda, al menos, en realidad. Yo también digo que no me interesa algo y voy corriendo a ver de qué estaban hablando porque me sentía estúpida sin poder opinar. No está de más descubrir que eres una completa imbécil, pero al menos, no te quedes estancado en la conformidad. Evoluciona, agnóstico de mierda.
Me gusta que estemos solos
(Se abre la puerta de la habitación y él asoma su cabecita)
- ¿Puedo pasar?
- Sí, claro. Sabes que puedes.
(Ella mira con una sonrisa cómo él se desliza hacia el borde de la cama, inquieto)
- Cuéntame, anda, sé que algo te preocupa.
- Maldita sea, me conoces demasiado bien.
(Ella se despereza, cierra el libro que descansaba sobre su regazo y lo deja en la mesita de noche)
- ¿Y bien? Tampoco es muy difícil, sólo entras en mi habitación para dos cosas. Y Natalia ya te dio una alegría anoche.
(Él la mira incómodo, ella deja caer una risita)
- Serás becerrín, ven, acércate, alma de cántaro, que todavía no muerdo.
(Él se acerca y se pasa una mano por el pelo, preocupado).
- Últimamente no estoy inspirado.
- ¿Te has cansado de tu musa?
- Creo que la despedí improcedentemente y me ha denunciado.
- Por qué no me extraña, baby. Pero bueno, todo es saber encontrarla.
- No creo que sea posible.
- ¿Así sín más?¿Ya está?¿Te rindes?
(Ella cruza los brazos)
- No, pero no es fácil inspirarse cuando sientes que lo que escribes está vacío.
- ¿Vacío?
- Así es, me he vuelto un dogmático.
- ¿Y eso es malo?
- Como puedes ver, lo es.
- Quizá te estés equivocando con las palabras.
- ¿Con las palabras?
- Sí.
(Él espera en silencio)
- Sí, no sé. Si cuando te lees no te sientes dentro, es porque quizá no emplees las palabras adecuadas. Al final, todo encaja.
- Quizás sea eso, no es tan fácil sacar al exterior los sentimientos.
- Yo no dije que lo fuera. Y ya sabes que me alegro de que tan de vez en cuando te asomes y me dejes ver algo de lo que tienes dentro.
(Él sonríe).
- Pero, ¿ a quién le importa lo que sienta alguien?
- A ti, por ejemplo.
- Pero eso no da de comer.
- ¿Para qué lees tú?
Eterna parálisis
Salgo al patio y alzo la cabeza, para dejar que los rayos de sol bañen mis párpados cerrados.Respiro y de lejos oigo la suave brisa, las hojas meciéndose con el compás de un viento que más bien parece haberse escapado de la caja del estío y también, a los coches pasar y a la gente caminar. Ahí es cuando trago saliva y me digo a mí misma que no tardaré en derretirme, al menos, en la sensación, porque preferiría permanecer muda aunque tan solo fuera unos minutos más, con una sonrisa medio esbozada, conteniendo el aliento.
Y pienso que ya no me queda matería onírica para evadirme, que un día me dormiré y mi subconsciente no tendrá lugar donde desembocar. Qué será de mí, le pregunto al sol. Pero no encuentro respuesta que camufle mi interrogante, y no me sorprendo.Todo fluye y ni siquiera yo soy una constante.
Ensayo sobre mi ceguera
Te propongo un juego muy sencillo. Para que veas que soy generosa, me salto la parte de "coge un lápiz y un papel y apunta..." porque sé que no lo vas a hacer. Piensa, pues (aquí no se trata de hacer trampa o no porque no te podrías mentir a ti mismo, por esa misma razón lo de anotarlo es totalmente prescindible) cuál es el filósofo que más te gusta.Si quieres cambiarlo, me sirve con un, ¿si fueras un filósofo, cuál crees que serías?¿Con cuál te sientes más identificado?Parecen preguntas distintas, pero desembocan en el mismo océano. ¿Lo tienes? Empecemos, pues.

Tomaré como punto de partida una reflexión bastante interesante, ¿quién dictamina quién es y quién no es filósofo?¿Quién te acredita para que puedas colocar en el apartado de intereses varios de tu currículum aquello de "reflexionar vagamente" (eso si eres algo más modesto y bohemio) o "filosofar" (si odias lo artificioso y prefieres lanzar la bomba)? A mí, personalmente, me ha pasado aquello de intentar buscar un nombre de alguien que yo suponía que era un filósofo "acreditado", buscarlo en la wiki y encontrarme con que es economista, sociólogo y músico en sus ratos tristes y libres, pero de filósofo ni el aroma.¿Entonces me he inventado yo que X era filósofo, un gran pensador?Juraría que no. Qué relativo es el mundo que nos rodea y con qué facilidad dejamos caer las palabras.
Bueno, después de dejar esta reflexión aquí impresa, vamos a comprobar cuál ha sido tu resultado. Vale, espera, no me lo digas aún. Hay un 90 % de probabilidades de que tu respuesta se encuentre enmarcada entre: Rousseau, Nietzsche, Platón y Sócrates. Si eres un poquito más original puedes haber dicho Descartes, pero algo me dice que no es lo has escrito en nuestro papel imaginario.Quitando el 10 por ciento que supone el margen de error de mi curioso "ajajá-te-pillé", he mencionado a los autores más famosos o que más se conoce como filósofos "acreditados". Personalmente, antes de empezar a destripar todo este disparate, diré que yo no soy una experta en la materia, ni mucho menos, y que por eso mismo me permito analizar mi propia respuesta y elaborar una conclusión, cruel conmigo misma, pero sigue siendo válida.Yo me pregunto, ¿qué demonios tendrá Nietzsche que a todos nos atrae?Supongo que la respuesta, en muchos casos, será un simplón "su filosofía", a lo que yo asiento, poco sorprendida.Pecarás de obvio, pero como todo el mundo hacemos, tranquilo. Voy mucho más allá de todo el análisis confeccionado por nuestro amigo bigotudo que no me dispongo a plasmar, (más que nada porque cojearé y se me verá la pluma, vaya) para destentrañar qué conlleva ese F. Nietzsche que a todos nos hace sentir un escalofrío. Será por su contexto, he pensado hoy, por su fama de romper con aquello que se consolidó en nuestra amada Europa (aquí es donde unos dirían "reveló cuál era la verdadera situación de nuestro continente", pero yo no pienso hacerlo)durante tanto tiempo, el dichoso hombre moderno, apolíneo, que se refugia en metáforas y conceptos abstractos para evadirse de la realidad.Ahora que lees esto, le ves el atractivo, como lo veo yo y como, muy probablemente, lo hará mi vecino también.Recuerdo como si fuera ayer a mi profesor de Filosofía de 2º de bachillerato haciendo la introducción de este autor, después de haber pasado un Rousseau que resultaba un tanto empalagoso y difícil de digerir. Sonrió y se frotó las manos (de ahí mi principio) refiriéndose a él como "un veneno, es una enfermedad" y de la controversia que ha generado en el claustro de los profesores de filosofía sobre si se ha de estudiar o no (mencionó cómo se hizo la votación para elegir qué filósofos son los más adecuados para estudiar durante el curso y para los que después tendrás que examinarte en el adorable selectivo). Sin embargo, él se había decidido a dar el autor aunque muchos colegios preferían Marx, o al menos, eso afirmaba, con una mano sobre su manual. Luego se perdía un poco en el vacío, recuperándose de la exaltación, y volvía a sumergirse en su tono taciturno y monótono, como si estuviera medio adormilado, mientras interrumpía, tan de vez en cuando para aclarar algunas dudas sobre el texto. O simplemente para mencionar cómo había muerto de sífilis ("era un putero"). Pasabas el libro con rapidez (como leía Sabrina, jamás se me olvidará ese detalle) y tu mirada se posaba sobre "superhombre", "nihilismo","ejército de metáforas","verdad","inmanencia","columbario", "bellum omnium contra omnes"... Y así, así te perdías entre palabras que por aquel entonces se te antojaban nuevas pero un tanto pomposas (ahora me dirás que la primera vez que leíste superhombre no te reíste, ya, claro). Yo al menos cuento con este factor que aumentó mi curiosidad de manera exagerada, ¿ a qué venía esta presentación?¿aquellas palabras de "sólo podéis amarlo u odiarlo"?¿Qué había descubierto este hombre, después de que un pirado hablase del mundo de las sombras, otro sobre las tautologías, las impresiones y las ideas, para acabar durmiendo entre la inmediatez, los sentimientos del corazón y el maldito vicario saboyano?¿Qué iba a ser esta vez?
Daré un salto porque creo que se me ha ido un poco de las manos, no quería hablar sobre lo que dice el bigotudo y ahora estoy aquí.Pero bueno, qué diantres, me sirve para reafirmarme. De este modo, cuando la contestación es Nietzsche, la otra persona sonríe, y mucho.Es como si fuera la llave que abre la puerta del mundo interior, y he encontrado, sí, lo he hecho, su equivalente (iba a decir homólogo, pero no me sirve, no maltratemos a las palabras, no hoy, al menos) en el mundo del cine. Adivina quién. Sí, eso es, Stanley Kubrick.

Abriré, no sin cerrar los ojos, la herida que a todos nos tiene conteniendo el aliento. ¿Por qué somos mejores si colocamos una película de Kubrick entre nuestros filmes favoritos?¿Por qué si decimos Nietzsche parece que estemos dándole la contraseña al cómplice y sea el paso definitivo para conquistarlo?Me incluyo. A todos nos gustaría colarnos en esa secta que la conforman las personas que ahora tendrían unos 20 picos, toca la generación del club de la lucha, Tarantino, Kubrick, Schopenhauer, Hesse,Extremoduro, Olvídate de mí, American Beauty y otros proverbios chinos.¿A que más de uno de los mencionados te gusta?Párate a pensar en la connotación que llevan cada uno de ellos y date cuenta de cómo si una persona se te acerca en una discoteca y te suelta algo así como "Dios, (en bajito: mi cubata) ha muerto" te excitas en cuestión de segundos. Tú y yo lo sabemos y la humanidad entera, siento decírtelo, también lo hace. Tu alma buscaría entrelazarse con la suya y fundirse en un mundo intemporal de libros roídos y críticas a esta sociedad de mierda.Y en ese preciso instante, salgo yo dando botes por detrás, sosteniendo un cartel que reza " ¿POR QUÉ?".
Aún después de decirte todo esto y de pedirte que no te estanques en los adornos y toda la pafernalia, la polémica y demás historias para no dormir que rodean a los títulos y personas ya mencionados, sé que no lo harás, porque es inevitable.Pero yo he dejado la puerta abierta, y tan de vez en cuando, oigo cómo por el resquicio se asoma un nuevo autor, una nueva crítica, una nueva reinterpretación. Adelante, le digo. Otras le espeto un "lárgate".Nadie es perfecto, y yo no iba a ser menos. Aunque supongo que todo lo que ya he dicho antes lo sabías, lo habías reflexionado en algún momento de tu alocada vida y ahora te encogerás de hombros, esperando a que me calle de una maldita vez, consideraba que era curioso parar a pensar, antes de tener siempre a Nietzsche en la punta de la lengua. Parece que esté ya metido en el cañón para salir al menor estímulo, y un día lo escupirás con tan poca naturalidad que causarás, cuanto menos, estupor. ¿Parecerás soberbio? Quién sabe. Es tan fácil pecar.Es tan fácil impresionar a algunas personas con humo, y tan cómodo hablar para acabar escupiendo chatarra.
Pobre Fry, hoy le he visto menos encanto que de costumbre. Aunque estáte tranquilo, que la próxima vez que me lo mencionen volveré a fundirme, como de costumbre.
Who says
Yo tenía sueño, demasiado, y sólo quería irme a casa. Pero tú, tú estabas descontrolado y rebuscabas por el suelo como si las oportunidades cayesen del cielo y permanecieran bajo nuestros pies para que los recogieras. Como setas, reías, entre lágrimas, debo de estar loco, confesaste.
Yo te sonreía, demasiado, y sólo quería irme a casa. Meterme en la cama y despertar mañana con los momentos convertidos en recuerdos, correctamente embalados y colocados en la estantería del 12-03-2010. No obstante, insistías y decías que querías formar parte de mí, no sé qué de mi destino y que el amor desenfrenado nos conduciría a ti y a mí a la felicidad.

Yo lloraba, demasiado, porque eras adorable. Y aunque me moría de ganas por irme a casa, me estabas enamorando con cada idiotez que ibas diciendo. Te pasa algo, me preguntabas, y rápidamente el viento se llevó la sonrisa para dejar atrás una mueca preocupada. Y te abracé, porque no quería oír nada de aquello anoche, sabía que bromeabas, que quizás mañana ni te acordarás de cómo ordenaste las palabras, ni de lo que me querías decir y no dijiste, o de lo que sí dijiste pero no querías decir.
Se me escapan las palabras, te confieso yo ahora, se me escapan.
Over
Aprendí, tal vez tarde, tal vez pronto, que la vida no está llena de personajes enmascarados y de ángeles inmaculados.Que dentro de las sombras, todos somos extraños y que entre tú y yo hay, a la vez, la nada y el todo.Y es que por mucho que te vea siempre existirá un barrera que me impida acercarme y abrazarte, o simplemente rozarte el brazo para animarte. No hablo de impedimentos físicos, como ya sabrás, me refiero a la burbuja mental que nos hace distintos, a pesar de que tenga las lentes ajustadas, sigo viéndote como un otro.
Se me olvida, no obstante, que es la misma luz del mismo Sol la que ilumina nuestras cabezas, y veo un muro, un sólido muro que se edifica entre tu cuerpo y el mío.Somos débiles para traspasarlo porque fuimos ingenuos al construirlo. Ahora que te veo distinto, tengo miedo a entrar en contacto contigo y que me absorbas, que me niegues mi realidad o me transformes.Porque poco a poco fui creciendo y me enseñaron qué es el bien y qué es el mal, o al menos, me dijeron que lo hicieron. Me cogieron la mano y me obligaron a palpar la esencia del "esto no se hace, esto no se dice" y como buena chica, lo asumí.

Son sólo quimeras, me digo ahora mientras estás ahí. Es el humo el que no me deja verte, ni sentirte, soy yo la que se empeña en decir que no te alcanzo y sé que tú, que mucho hablas del amor y de que estas cosas no te van pero que siempre acabas cayendo en el juego, me darás la razón cuando leas esto. Lo sé porque te sentirás inevitablemente identificado. Ahora que lo pienso, tal vez no.A lo mejor no me expresé bien y no tienes ni puñetera idea de lo que te estoy hablando.
V V V
Como en la última película de Woody Allen donde el protagonista manifestaba una aversión por los tópicos, yo también he torcido el gesto más de una vez cuando me decían algo que encajaba con los esteoreotipos, opiniones que en su momento osé calificar como superfluas, y estoy convencida de que esta actitud habrá irritado a más de una persona.

Porque un ejemplo claro pasó el otro día, cuando me hablaban de la Sombra del viento mis amigas y me decían que era un libro precioso y que les gustaba. Yo me metí los dedos en la boca y al segundo las miré, burlona, arrugando la nariz. Así que seguimos caminando hacia la mascletà, se pusieron las tres a conversar sobre el final, se escapó un "las segundas partes nunca fueron buenas" y otras pinceladas que no me interesaban en absoluto. Anduve y mientras recordaba la de veces que lo he hecho cuando me mencionan ese dichoso libro y me asqueé un poco al pensar que puedo llegar a ser bastante repelente. No se ofendieron, ni mucho menos, porque me conocen y saben que lo hago de broma, que lo pienso pero que de vez en cuando dejo escapar mi opinión entre sonrisas y lo suavizo. Pero pensé en los prejuicios y los estereotipos,en las primeras y segundas oportunidades que no concedo cada día, las borrosas impresiones que genero en cualquier momento sobre los demás, y todo ese cúmulo de percepciones que carecen de valor. De este modo, volví de nuevo al ámbito de los tópicos y apreté los dientes, mira que da rabia cuando alguien deja suelta una de esas malditas frases cargadas de adoctrinamiento rápido y eficiente. Sí, lo he dicho, son útiles y ayudan a recordar que lo que casi siempre sucede es muy probable que vuelva a ocurrir. Ya sabes, más vale prevenir que curar, quién avisa no es traidor y cuando el río suena agua lleva, cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar.Así hasta el infinito y mira que me irrita, al menos lo hacía, era momento "pataleta", ¿por qué tienen razón? El hecho es que nos cuesta aceptar a veces que, a pesar de que todo es muy ambiguo y volátil, también hay constantes que ayudan a reforzar la idea de la existencia de unos pilares que sustentan todo lo demás. Porque la hiedra necesita un soporte por el que deslizarse caprichosamente, aunque luego se tuerza hacia un lado o hacia el otro, como le venga en gana. Así que hay que aceptar que la probabilidad juega un papel muy importante a la hora de jugárselo todo o de plantarse, el as todavía permanece en la baraja. Descártate, utilízalo a tu favor, cree, inventa hipótesis, teoriza.Pero siempre habrá cartas ocultas, sean las que sean, bocabajo están despositadas y con una suave caricia, saldrán a la luz, como las coincidencias, o para ser menos empalagosos, como los hechos y los sucesos, los holas y los te quieros.Tuve que cambiar de postura, a la fuerza, porque el tiempo pone a cada uno en su lugar, así que refunfuñé un "es cierto, vaaale, lo reconozco, funcionan".
También es importante señalar que dentro de los refranes y dichos populares hay algunos que ayudan a guiar, otros que sirven para consolar y los que, en resumidas cuentas, parece que sirvan para escarmentarte (¿más todavía?). Son como acordeones de papel que se despliegan delante de tus narices, y que, con una voz un tanto familiar, sentencian.Así que les pillé el punto, y decidí utilizarlos, a veces incluso confieso que digo demasiados, pero son tan útiles, tan odiosamente oportunos que por qué no enseñarles a los demás los fósiles que quedaron de la sabiduría de viejos tiempos. Antaño, suspiraba.Recuperar la brevedad y la precisión, dejarse de frases largas e inconexas, barrocas y voluptuosas, que al volcarlas apenas caen resquicios de susurros sobre la palma de tu mano. Y lo más gracioso es que lo digo yo, que me encanta enredarme en tu pelo, recordar el exquisito aroma de la lluvia al caer sobre tus sueños.
Quizá lo mejor sea saber cuándo escatimar y cuándo florecer.