Eso es, leerse a una misma

Echaba de menos escribir. Sentir que todavía tengo la capacidad de poder vomitar, o al menos, de intentarlo, todo aquello que cuesta digerir. Con tanto tinte melodramático es normal que casi todo lo escrito resulte denso.


Me convencí a mí misma que el hecho de haber abandonado o si queremos decir mejor "aparcado" este pequeño interés era porque había cambiado. Mi vida, mis posibilidades y mis pensamientos. Pero ya sabemos que toda ola está destinada a volver al mar, y echaba en falta un poco de esta dosis de soledad que sirve como intento de lectura de una misma. Eso es, leerse a una misma. No creo en el destino, pero me da miedo pensar en la muerte. Las cosas, en efecto, han cambiado de sitio, de parecer, de forma. Todo continua bajo las mismas máscaras de siempre, pero permanecen todavía ocultas esas ligeras sonrisas que me hacen sentirme incómoda.

No voy a plantearme ahora mismo cuál es el sentido de mi existencia y ni siquiera voy a intentar divagar sobre ello. Mi mente no quiere ponerse a discernir entre cuestiones morales vitales ni entre juicios sobre la humanidad, porque sinceramente, no me apetece. Ponerse en esa situación reflexiva en la que nos da por escupir palabras como pseudointelectuales es algo de lo que me he ido despojando con el tiempo. Tal vez, lo que mejor puedo tolerar sea que entre líneas se me escape algún pensamiento relacionado, alguna opinión afilada, pero de verdad, y esta vez sí que es de verdad, me he cansado de permanecer.


De permanecer en todos los sentidos. Despierta, por las noches frente al papel (hace tiempo ya) o al ordenador intentando desarrollar una vena artística que sólo acaba siendo serpientes que se muerden la cola. Envenenadas. Permanecer a la espera de que suceda algo de improvisto, que aparezca algo que me rompa, que tuerza mi vida y a lo que me tenga que aferrar desesperada como una excusa. Permanecer en el mismo sitio, como quien observa sin imaginarse, quien se resiste a vivir su vida, sino más bien en proyectarla en los demás, o simplemente, en ocuparse de aquello que no le interfiere.
Tampoco, como puede predecirse, esto es una declaración de intenciones optimista en la que me voy a poner a pregonar qué bonita es la vida y qué valores más bellos esconde. A tanto no he llegado, todavía.

Sólo me apetecía soltar un poco la mente. Relajarla y dejar que vuelva a visitar este rincón que ya tenía casi olvidado, pero que se mantiene vivo en alguna parte. Sigo creciendo y pasan los años. Porque el tiempo es algo que jamás podrá detenerse, jamás podremos bajar y descansar. Desperezarnos y salir del sueño, como quien tiene un capricho.

No sé qué me deparará el futuro, tampoco quiero saberlo. Tal vez vuelva a escribir, tal vez vuelva en años. 

De todos modos, estoy bien así. Muy bien.

T'estimo Xavier

Existe un océano de palabras que consigue despertarme con su murmullo, en ocasiones puntuales, y me sorprende besándome los tobillos con las entrañas de todo ese caos, esos remolinos que se forman después de la colisión contínua de cosas sin decir y de versos incompletos. Tal vez, me digo, zambullendo el pie en toda esa fugaz espuma que rápidamente se funde con el resto de agua, no estemos preparados para la existencia de tantas cosas de forma simultánea y por ello las dejamos sin acabar, deformes, imperfectas, tuertas y mutiladas, respirando con el resto de materia que no somos capaces de perfeccionar. Simplificar la realidad, hablar de océanos de palabras, empaquetarlo todo en cajas, diseccionarlo y encerrarlo en frascos de colores, consigue aliviar toda esta incertidumbre incandescente. Sin embargo, vuelve, el calor y los recuerdos irritan la piel porque las cosas siempre van a parar a algún sitio.

No somos capaces de no-existir, y es algo que no solemos encajar del todo, porque simplemente en ocasiones no queremos estar, dibujar un paréntesis que abarque los límites sobre los que solemos nadar. Y ahí es cuando una se da cuenta de que sus olas han chocado con demasiadas piedras y sus arenas acabaron dispersadas en demasiadas vidas. Demasiadas. Sientes que de una forma u otra tu existencia se dilata de una manera incontrolable y que sembraste recuerdos en muchas mentes, que erosionaste muchas pieles, que rozaste un mundo de palabras ajenas y que por mucho que quieras retenerlas, apresarlas, es imposible encontrar el consentimiento para que el resto del mundo te deje en paz. Es una existencia compartida, donde no hay cabida para lo contrario. Y así, cuando chasqueas los dedos para acabar la función, tomarte un respiro lejos del escenario, te preguntas qué sucede ante la inutilidad del truco. No nos queda magia. No podemos desaparecer. La mejor forma de hacerlo es replegarse y desplegarse dentro, permanecer enteramente dentro de tu mente, con un cuerpo adormecido, con un comportamiento autómatico que no requiera mucha atención y así poder concentrarse en el increíble y dulce aroma de un océano repleto de cosas por hacer.



Volví a este recóndito e imaginario lugar, cuando pasé página del libro que me estoy leyendo y encontré tatuado en la esquina superior un "T'estimo Xavier", además de un párrafo subrayado:
"Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. ¿Pero qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandondonarlo. ¿La persiguió él?¿Se vengó?No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser."
Una fecha: 8/8/1988 y una firma. Eran datos superficiales, palabras, pero están ahí, y si pasas el dedo sobre el relieve de la tinta azul puedes imaginar historias. A ella, en la cama, leyendo al lado de Xavier y escribiendo estas palabras en un arrebato de ternura, con una sonrisita en los labios. Tal vez había escapado del murmullo y se ocultaba en la cafetería, con el libro que le había regalado él, y le encontró entre líneas, y no pudo evitar dejar impreso lo que sintió al leer ese párrafo. Quién sabe dónde residía la magia que desencadenó todo esto. Yo sólo sé que al leerlo, me estremecí y sonreí. ¿Habrá escrito alguien algo así con tanto sentimiento por mí? ¿Lo haré yo por alguien? Se deshicieron de este libro y acabó en un mercadillo de segunda mano, para terminar en mis manos. Y aún así siento que me es totalmente ajeno, que con esas palabras alguien dejó parte de su existencia allí y que no soy quién para ensuciarla.

Somos a la vez tantas cosas y tan pocas. Tan simples y tan escuetos, nos intentamos resumir y concentrar en una botella, en un cuerpo. Porque nadie quiere descubrir que, en el fondo, forma parte de todo este mar de cosas olvidadas. Qué importa que hayas compartido tiempo con tanta gente, qué trascendencia tienen las palabras, que sabes que nunca acabaron de cicatrizar, ni de cobrar su sentido completo. Cuando descubres que aquellas olas jamás te sumergirán en sus aguas, nunca te arrastrarán en las profundidades porque tenemos un peso que nos mantiene en tierra, pero con los tobillos siempre húmedos. Saber que constantemente compartes parte de ti de manera autómatica, sin que exista ningún escrito, ninguna prueba que certifique que  existe un pleno consentimiento recíproco para formar parte de vuestras vidas. Es como existir completamente, pero estar de manera intermitente. Como formar parte del olvido del mar y a la vez de la solidez de la tierra. Aunque sabes que el devenir de las olas es incontrolable, y que en ocasiones apenas te rozan, y otras te zambullen, al igual que esas arenas que tan pronto ceden bajo tus pies, a veces te ayudan a mantenerte en pie. Todo tan volátil, todo tan leve. Porque aunque pises suelo firme, sabes que el movimiento de océano siempre vuelve.

Y entre toda esa inconsistencia, ese desequilibrio, se dibuja un T'estimo Xavier que puede simbolizar la voluntad de poder, la aceptación de todo este caos que se esboza a nuestro alrededor, la decisión, la superación y la determinación. Porque por encima de todo eso, de las olas, de la arena, de los pies mojados, existen unos sentimientos que pueden desdibujar el paisaje, que no cambian la situación, sino que la hacen completamente llevadera, convirtiéndola en un dulce devenir. Tal vez Xavier esté con ella, entre las olas. Tal vez quiera compartir con ella toda esta insustancialidad, tal vez su compañía sea la única que puede paliar este sentimiento de debilidad. Y así, lidiar de nuevo con el destino. Y así, combatir la insoportable levedad del ser.

Y me despido con la dedicatoria azul en la primera página:
"No se puede envidiar sin odiar. El odio es la pasión que necesita el envidioso".
Escrito un jueves 18 de agosto de 1988.

Todo es empezar

No ha sido tan difícil. Siempre se dice aquello de "parecía más fácil de lo que al final resultó ser". Y en su momento, pensé que era una chiquillada, un mal despertar que hace que con tanto pensamiento abrumador no seas capaz de sacar los pies de la cama. Y lo fue, durante un tiempo.
Pero ya está.

Todo es empezar.



Siempre me hizo gracia aquello del cuento de nunca acabar. Como dibujar espirales y espirales en un papel para evadirte de la clase. Lástima, el efecto hipnótico que transmite en las películas no consigue transportarte al más allá, a la dimensión más alejada de una anodina y soporífera clase. Pero, ¿por qué no quieres estar allí? ¿Qué te impide levantarte e irte? Mira que eres caprichosa.

Haciendo una fantástica y elegante alusión a La lentitud de Kundera, he redescubierto el placer de la lectura. Lo tenía abandonado por aquello de la universidad, uy sí, los trabajos que me llevan de cabeza todo el día para aquí y para allá. Sandeces. Subnormalidades. Auténticas chorradas. Siempre hay tiempo para leer. El ordenador y todo el vasto (y basto, en muchas ocasiones) que puede ofrecer lord Internet ha hecho que pierda bastante el norte. 

Paso de escribir cosas basadas en decepciones reales/no-reales y frustraciones en una cutre pero encantadora libreta de cuadraditos, a transcribirlas en un blog, cutre también. Soy el maldito y vomitivo ejemplo de la adaptación a las nuevas tecnologías, distanciándome de lo que siempre me ha gustado mucho y que me ha aportado cosas a nivel personal, como es el placer de la lectura. 



Volviendo a Kundera, hablaba sobre Epicuro y subrayaba algo que el polvo había carcomido en mi memoria. No se trata pues, de vivir eternamente bajo el jolgorio, la fiesta y las risas socarronas, con un culto al cuerpo contínuo y sed de borrachera. Nos enfocamos, con mirada microscópica, en los placeres más mundanos y próximos que vivimos cada día. Paso de sonar a libro de autoayuda y paso completamente de realizar un eslogan tipo "vive cada segundo de tu vida, oh yeah, carpe diem". Sinceramente, no. La vida no es maravillosa, todo fuego pasión y sonrisas entrelazadas. Ni tampoco es quedarse sentada en el alféizar de la ventana, ponerse estados en el tuenti que provoquen una oleada de los famosos "tíaaaa, qué te pasaaaaa????? :(" ni proclamar que hay una conspiración para matarnos a todos. Los extremos me asquean, lo siento.

Si hablamos de esos placeres moderados que no alteran a los demás, no suponen un allanamiento del espacio vital podemos encontrar una fórmula a la que recurrir en momentos de soledad. Y digo esto, porque cuando yo personalmente me cabreo o experimento una de mis fases de "reseteo", donde intento recolocar las cosas o encajar un golpe, me aíslo completamente. Es una manera personal de pausarlo todo, porque no puedo seguir interactuando, conviviendo y comportándome igual, de manera más o menos lineal, si noto que dentro de mí hay algo en plena ebullición. Llámese cambios, llámese revelación divina, llámese bajones emocionales, lo que sea. 

No es que se me corte la respiración, ni que me desmaye en mitad de la calle, sino que simplemente me ofusco, me atraganto y necesito tiempo y espacio para asimilar ciertas cosas. Porque cada día vas interiorizando cosas de manera consciente o inconsciente (la mayoría de veces, vaya) que te van erosionando, cambiando, paulatinamente. Hasta que, tal día como hoy, por lo que sea, más allá de accidentes o cosas así en plan extraordinarias te asaltan dudas  de manera bastante violenta y quieres sentarte y dejar que el tiempo pase, pase y pase, porque no te sientes tú, te sientes a medio hacer. No estás en condiciones para seguir en este teatrillo. Es un ligero descanso.

Así, volviendo de estos pequeños estancamientos personales, si uno recuerda levemente una de estas cosas que te hacen sonreír o simplemente, te complacen, se lleva mucho mejor el asunto. Los placeres de los que habla Kundera, haciendo referencia a Epicuro son aquellos personalizados, como un día de lluvia o un buen tazón de sopa de letras a las doce de la noche.

Y dios quiera que sean ellos los que reinen mi vida. Amén.

Lo que nace


Naranja sonrió desde el cielo. Había historias que merecían ser contadas pero no iba a ser yo quién juzgara las palabras, no mientras sea esclava de lo que pienso. Porque no hago sino traducir constantemente lo que se dibuja y se enreda de nuevo, ya no en espirales, sino formando quimeras que se muerden la cola, una vez, tal vez dos, pero que a la tercera no va la vencida y acaban carbonizadas.
Busco desiertos con la mirada. Sólo encuentro lagunas en las que humedecer mis labios para seguir traduciendo y descodificando lo que serían galimatías para el resto, aquello que he interiorizado durante años y brota en forma de fragmentos mutilados, de pequeñas vacilaciones o, en el mejor de los casos, momentos de parálisis en los que dos tímidas voces se unen para actualizar mi mente. Y con ello, provocar una reinterpretación de los estímulos recibidos a través de mis sentidos.

Pensar esto a la 1:08 de la mañana no debe significar nada bueno ( y menos aún, nada malo) aunque me da la no tan grata sensación de que al final siempre acabo suspirando al aire. Como aquella chica que vi el otro día, sentada sobre el respaldo de un banco, apoyando sus altas botas negras en el asiento. Blandía un cigarrro como si fuera el pasaporte al estrellato. La miré con un cierto toque de desdén, a ella y a su fantasmágorico fotógrafo que debía esconderse tras un matorral, tal vez en el mismo instante en el que yo pasaba con el coche estaba cambiando el carrete, o directamente no existió nunca. Me dieron ganas de bajar, dar un sonoro portazo y otro en su tersa piel ligeramente rosada, porque hacía un frío de espanto.
Aunque también son fases, me digo mientras escribo esto. No vuelvas a tu tierra patria con un bazooka bajo el brazo. Al menos, píllate un francotirador y haz un trabajo más limpio.
Tal vez esas formas de evasión forzada no hayan cambiado tanto pensaba y las tropas pro sentarse en la ventana moteada de lluvia todavía permanezcan desplegadas. Y aunque no lo parezca, yo de vez en cuando desprendo empatía. Porque no me queda otra, vamos.



Echo de menos un poco de compostura de vez en cuando, al igual que más veces, echo en falta soltarme la melena y dejarla ondear cual bandera. Pero mi libertad está encerrada, y soy yo quien la mantiene presa. Vivo mucho mejor si guardo todas mis cosas en cajas, bien empaquetadas y coloco con suavidad las etiquetas, las amontono y formo una pirámide, una escala de prioridades que puede sufrir algún que otro cambio (rara vez drástico). Casi leyéndome parezco una chica que acaba de mudarse con su piolín y que mira con los brazos en jarra las cajas que los de la mudanza y la dulce pareja han recopilado en el salón. Es la pausa donde los ojos vuelan, extrayendo los objetos y colocándolos de manera imaginaria en el sitio idóneo. Es el pensamiento de prueba de decoración. Así parece que sea yo cuando reorganizo "mi salón".
Y así es la manera más fácil de pensar con la cabeza fría. Si es que no la tengo siempre así, porque parece que esté adormecida. Dijeron que me atreviera y tiemblo sólo de pensarlo, porque todo fluye y aunque dé saltos de alegría mantengo en mi puño cerrado aquello que otros colocaron en la cumbre de su vida, aquello que algunos llaman libertad.
Da igual como lo llames, todavía no encuentro forma de comerme el mundo, y mucho menos de digerirlo. Mientras tanto, embadurno ciertos sabores amargos con zumo de piña. Y siempre asintiendo con estos cascos de dj zombie que acabaran por hacer que pierda la cabeza. Literalmente.

Esta boca es mía


(Convirtiendo, derribando, transformando, filtrándose bajo los pétalos de la vida que se escondían debajo de sus escamas.

Sin embargo, ahí encerraba los días en frascos de colores distantes, de esos tonos apagados que se vuelven ásperos con el tiempo. No sabía describirlos y tampoco quería, porque nadie lo hace. Eran colores, y ya está.)

Eran días, y ya está. No había dónde encerrarlos, ni cómo erizarlos.

Digan lo que digan


Recientemente me fui de viaje y pasé por palacios (palabra que puede evocar un ligero aroma a princesas encerradas, bastiones encantados y otros fondos de armarios desteñidos) en los que los presidentes de la República se habían refugiado. Quién sabe si este era el balcón desde el que vislumbraban al populacho, o si era desde el vano elevado, donde se presenciaba la tierna escena de la princesa que se deshilacha sus cabellos imposibles, embriagada por las sombras que crean los destellos de los faroles que afuera se mecen con la canción de cuna que soplaban las noches, venecianas, parisinas, más bien mundanas. Paseé, con la cabeza bien alta sólo para contemplar el complicado entremado de los casetones del techo, la dorada artesanía que se tejía entre sus aristas, para que mi nariz alcanzara a oler la carcoma que se desprendía cada segundo sobre nuestras cabezas y sentí que había algo allí, una fórmula matemática quebrada por las grietas del tiempo. Quise fijar mi mirada sobre aquellos mapas que empapelaban por completo las paredes, perderme en los nombres antiguos, en los contornos inciertos de países imposibles, nadar en aguas desconocidas. Sobrevolé aquellos parajes manteniendo los pies sobre las baldosas rojas, con la mirada llena de ficción; di un paso, y otro, con los brazos cruzados detrás de mi espalda, saboreando un mundo inexistente. Olía a tiempo, allí. Me senté en uno de los bancos de madera, crucé las piernas y acto seguido tuve la imperiosa necesidad de volverme a poner en pie.




¿Quién podría tener una sala de invitados colmada de mapas que por aquel entonces podrían antojarse como un acceso a lo desconocido, aunque ahora más bien sólo sea una muestra de las limitaciones de la cartografía, las expediciones y los descubrimientos? Hice desaparecer a todos los turistas que estábamos en la sala y proyecté figuras que debían coincidir con las que, hacía muchos años, habían circulado por aquella estancia. Imaginé mujeres de mejillas exageradamente rosadas que revoloteaban su abanico como mariposas extasiadas, sus cuerpos embotellados en aquellos corsés y sus zapatitos ocultos bajo la cúpula de unas faldas que, con esmero y delicadeza, se acariciaban asiduamente. Pero pronto les quité el tinte barroco de su maquillaje para extirparles el aspecto grotesco, esos labios curvados que expresaban disconformidad. No cabía el desdén en mi imagen, y me deshice de numerosas joyas, anillos papales y cadenas doradas. Quería realidad e hice un esfuerzo enorme para concentrarme. Aunque no calibraba con exactitud la época, no me importaba. Quise hallarme conforme con mis esquemas y sólo era yo la que me juzgaba. El resultado debía ser exquisito.

Con un suave toque de varita, coloqué a sus respectivos acompañantes, formales, que debían mostrar una sonrisa fácil. Uno de ellos parecía esgrimir la razón en cada uno de sus argumentos, mientras dejaba que la delicadeza de sus dedos emulara el movimiento de un joven amante que ondea el pañuelo blanco de su romance. Pero no, el personaje A, no era impresionable, más bien, impresionaba. Presionaba. Porque sobre la palma de sus manos se cruzaban las líneas de un destino no tan incierto, sino el verdadero rastro del éxito, que perfumaba sus palabras, sus acompasados pestañeos e incluso las pausadas respiraciones entre las que dejaba que cómodamente se acurrucaran sus argumentos. Sin embargo, personaje A, a pesar de las apariencias tenía una silueta nítidamente perfilada en su mente, con la que también compartía espacio físico, ya que estaba a unos metros de él, enzarzada en una conversación con personaje C. Él la miraba, pero no con los ojos, sino que la mantenía presa en su mente, con la suave huella de las cadenas en sus muñecas. Pero por mucho que personaje A intentara mediante el regalo del destino, hacerse con algún beso o al menos, con una caricia furtiva que se escapase entre suspiros no la encontraba receptiva, no había en ella ni un ápice de coquetería que le diera permiso a este caballero para visitarla, aunque tan sólo fuera en sueños o en imaginaciones.


En ese mismo instante, personaje A había dejado caer su mirada sobre ella y perseguía cada uno de los detalles de un perfil que parecía modelado con el mismo fango de la creación, con unos rasgos que permitían que los dedos divinos se deslizaran por todo su cuerpo, jugueteando con las cuencas de sus ojos, su nariz ligeramente puntiaguda, el piquito caprichoso que se adivina en sus labios, el mentón aniñado que daba paso a un terso y blanquecino cuello. No obstante, personaje A se vio obligado a dejar de admirarla en el mismo momento en el que sus ojos serpentearon una de las venas que surcaban el cuello, como un rastro de lágrimas inocentes. Fue entonces, como despertada por el tacto invisible, cuando personaje B notó un débil calor sobre sus mejillas y giró su rostro hacia el ventanal que se hallaba al otro extremo de la sala. Sin embargo, no se cruzó con la ávida mirada de nuestro caballeroso personaje A, quien había recobrado la conciencia y tomaba control de todo cuanto veía, recomponiéndose de nuevo en la anodina pero comprometida conversación con personaje D. Nuestra sencilla dama no pudo evitar pasar su mano por su cuello, sin pensar, sólo para darse un tiempo para recobrar la respiración y retornar a la espiral de asentimientos y breves intervenciones en la que estaba inmersa.

Personaje D, un hombre de rigor, había de causar buena impresión y esa era sin duda, la única expresión que se ajustaba enteramente con su actitud. Un tanto henchido, guardando las distancias, se divertía coqueteando sobre su patrimonio, aborreciendo con glotonería las últimas piezas artísticas del momento y con la odiosa costumbre de perfilar con la punta de sus dedos el contorno de un bigote que no existía en aquel momento y que nunca existió. Personaje C, que tejía con sus uñas incisivas complicadas madejas, embrollos amorosos que sólo se entrañaban en su mente, dejaba caer de su boca una cascada de superficialidades. Manaban de sus carnosos labios bocetos de palabras, deformes, letras desencajadas y retorcidas, sonidos chirriantes y sibilinos que caían torpes ensuciando sus pechos generosos, su falda floreada para acabar pudriendo las baldosas. Personaje B evitaba la corrosión de todos aquellos desvaríos evadiéndose, manteniendo una distancia de cortesía, moderando unas palabras ambiguas y breves que podían cerrar el círculo de la conversación con rapidez.

Y en medio de todo aquel desbarajuste coloqué gente, con sus preocupaciones y sus temores. Con vestimenta semejante, con un porte que fingían que era el mismo pero que brillaba por su particularidad. No quise caer en el saco de los romances imposibles, porque en un primer momento no lo pretendía. Salieron solos, personaje A y B, que buscaron su propia complicidad mientras yo sumergía mi pluma en el tintero y en cuanto volví decidida a mi trabajo, ya era demasiado tarde. Todas las cabezas estaban iluminadas por el mismo fulgor, por la misma luz, pero aún así, sus cuerpos la recibían de manera distinta y los colores se distorsionaban en el ambiente, bajo el suave compás de una canción inoportuna. Di un paso al frente para mimetizarme con aquella masa, para sentir, para entreramente descubrir qué se vivía, qué eran esos temores que sólo podía intuir pero no determinar. Pero llegaron a mis oídos la melodía de la realidad. La misma que me recordaba que yo no observaba otra cosa sino los tejidos de propia imaginación y que todavía permanecía en una sala de un palacio, que tal vez no fuera encantado, ni encerrara ninguna princesa, pero sobre el cual se podrían haber escrito, o al menos, imaginado, varios delirios.

They share a look in silence and everything is understood

La distancia entre él y yo era abismal; conforme sus palabras se deslizaban por sus labios sentía que un enorme vacío nos alejaba, no físicamente, sino en un segundo plano no escrito, no palpable. Simplemente seguía el compás de sus parpadeos para intentar entenderle y poner la maquinaria en marcha, pero parecía que uno de los engranajes se había desencajado. Y ahí estaba yo, dibujando esferas con la punta del dedo sobre la mesa, en un vago intento de recrear el movimiento que debía describir mi mente, una y otra vez, el mismo círculo, perdiéndome en la inercia que no se trasladaba a mi interior, sino que se difuminaba poco a poco sin llegar a adquirir una forma consistente.

Estelas.

Pero pronto entendí que no podía permanecer ahí y decidí empujar, retorcer, forzar y romper con un movimiento brusco la cadena de montaje, para levantar otra rápidamente y ser capaz de seguir el hilo de la conversación. Sin embargo, pronto encontré que aunque intentaba hacerle comprender mi punto de vista, mis ataques se desmoronaban con sus argumentaciones incisivas Hallé entre tanto abatimiento un ligero incentivo para seguir insistiendo, erosionando, presionando para derribarle, tirar la fortaleza abajo y penetrar hasta dónde más duele, hasta la esencia de su razonamiento. Necesitaba rozar con la punta de mis dedos el origen de todo aquel desajuste, el causante del quebradero de cabeza. Quería debilitarlo, desmenuzarlo, mutilarlo para que dejara dejara de herir mi orgullo, en un intento ya no de vencer, sino de masacrar todas las palabras, los conceptos, los disparates que entrelazaba con un suave giro de mano en el aire. Era como un insulto que aguijoneaba mi cerebro, él, él entero, cuando pasaba el dorso de su mano sobre su pelo, movía la cuchara del plato o sostenía la caja de servilletas, siempre, jugueteando.

No obstante, me ahogué en mis propios chasquidos de lengua. ¿Tenía él razón? Yo sonreía, era inevitable, no podía aceptarlo, estaba presenciando cómo algo que en un primer momento me había parecido absurdo tomaba forma y ganaba color conforme el tiempo transcurría (más bien conforme me miraba con esa expresión de pleno convencimiento que se había tatuado). Y perdí los papeles, se me iban, se me iban las palabras, chocaban atontadas contra sí mismas. Joder, va a tener razón.




En aquel momento, la sonrisa que se dibujó en mis labios confesó mi desconcierto. Un leve asentimiento apoyó la idea de rendición, y entorné los ojos, para digerir todo aquello, para tragar la derrota y, acto seguido, zambullir mi mano en el bolso. Era hora de cambiar mi punto de vista y con un movimiento ágil conseguí alcanzar las lentes. Y vaya, ya no pude dejar de sonreír.

Murakami

Después de la increíble oleada de admiradores que se reunieron para alzar la voz y proclamar al gran Haruki Murakami como un escritor revelación, sentí curiosidad, para variar y aproveché una de esas ofertas intimidatorias que ofrecía la fnac al hacerte la tarjeta: 8 libros al precio de 4 (los más caros, no hace falta ni decirlo). El caso es que, en este pack, me agencié de cuatro tomos de Murakami: Sauce ciego, mujer dormida, Kafka en la orilla, Sputnik, mi amor,Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Ese es el comienzo, así, de un tirón, me dejé embaucar por la voz extendida que aclamaba a Murakami. Tusquest se atrevió a decir que ya estaba entre uno de los candidatos al Nobel. Es más, no sólo se atrevió a difundirlo de manera fugaz, sino que lo colocó en la biografía del propio autor, lo que me hizo arquear la ceja y adentrarme con mayores expectativas en Kafka en la orilla. Obviamente el nombre de Kafka fue uno de los imanes que me condujo a ir pasando páginas con una mirada ávida de encontrar el rastro de unas palabras que, como muchos afirmaban, debían conducir a un maravilloso paraíso, como cuando lees un libro que te transporta no lejos, no a un paisaje bucólico para descansar sobre la hierba moteada de rocío, sino a un espacio personal, tenuamente iluminado en el que se funden las sombras con las figuras que dibuja mi propia silueta. El rincón íntimo en el que nos dejamos embadurnar de perfumes y poesías, de expresiones deliciosas, siempre con apetito de más sensaciones, de más turbulencias, de encontrar tras unas grafías recuerdos y emociones, que no te llevan al más allá, pero que acarician tu mente, como el fiel cachorro que vuelve a los pies del amo en busca de sensaciones reconfortantes. Así me siento yo, leal a lo que se escribe, buscando el calor de una hoguera en la que perder la mirada, en la que proyectar mis frustraciones para que acaben carbonizadas con una mirada despejada de melancolía porque ando en compañía, en mi propio rincón, de mis respiraciones, de las huellas de otros abrazos que libros que antes me acompañaron.

Como decía, me adentraba, página tras página en el pasillo que conducía a este lugar, donde encuentro el clímax de la lectura. Y así lo esperaba, anduve a trompicones para llegar cuanto antes y sentarme en un cojín con una sonrisa pétrea sobre mis labios, alimentada, sin ninguna duda, por las críticas que formaban ese aura sobre Murakami. Pero, a medida que iba pasando las páginas, noté que me distanciaba de mi destino, de mi anhelado espacio que había cerrado con llave tras la experiencia anterior y fui leyendo y leyendo, con el ceño fruncido, a punto de dejarlo estar, a punto de abandonar lo que coronaban como una gran novela. Estaba confundida, sentada en el suelo del pasillo aprovechando la penumbra para continuar y no desistir, para darle una oportunidad al final. Fueron pasando los hechos, que no describiré para no hacer spoiler, y tuve que cerrar el libro un par de veces y contemplar el techo con una mano sobre el lomo, esperando encontrar algo de comprensión en aquel galimatías. Ni me esperaba esa literatura tan confusa, ni quería desenredarla. No era bienvenida, no por la sorpresa, sino porque me resultaba incómoda, reacia, áspera y sucia. Era una mala jugada por parte de Murakami, pero tomaba aire y continuaba, venga, va, ánimate, tú nunca te dejas libros a medias. Dale una oportunidad.

Y vaya si lo hice, lo acabé, con un esbozo de sonrisa. Per o no hay que malinterpretarla, no era un gesto de picardía, ni siquiera un asomo de satisfacción, ni siquiera un sabor agridulce. Era la amargura de una tomadura de pelo, me sentía como si me hubieran amordazado con la cuerda del telón, como la cómplice involuntaria de la mayor estafa de la historia. Estaré exagerando, no lo dudo, pero había adoptado una predisposición muy positiva, había dejado casi entreabierta la puerta hacia mi rincón, incluso me había permitido hacer trampa para casi dejarlo entrar en las primeras páginas. Pero yo, ofreciendo la mejor de mis sonrisas y después de haber corregido la falda del vestido, cerré el libro y lo dejé sobre la estantería, sin saber qué pensar, literalmente.


Pasó el tiempo y adorné de mi frustración mi mirada en cuanto se posaba en la portada del gato verde, hasta que encontré los otros tres libros que había adquirido en ese ataque de ingenuidad. Dios mío y ahora qué hago. Dejé a un lado mi sentimiento de loba herida y cogí Sauce ciego, mujer domida, un libro de relatos breves. Lo encontré, con un gesto burlón en cada párrafo. Con un máscara de carnaval, esperando encontrarse con mi mirada para sacarme la lengua, para penetrarme con los ojos de cartón, para emitir una risa aguda que resonaba en mis oídos. Lo acabé entre suspiros y quise colocarme las gafas de sol, dejar caer la cabeza y entregarme al calor del una tarde de verano.

Mi madre se leyó Sputnik, mi amor y me lo recomendó. Decidí acabar con este tema, tratar de despojarme de la incesante suciedad que iba echando sobre mí y me encontré con una grata sorpresa. Me gustó, no llegó a entrar, pero se quedó a las puertas. Pero también fue porque mantuve su rígido cuello entre mis dedos y me negué a seguir leyendo si continuaba con su sátira destartalada. Fui capaz de cerrar los oídos y encontrarlo a él y dejarlo pasar, con un gesto un tanto torcido.

Después de estos libros, incluso me atreví a coger el último libro Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo pero desistí pronto, porque fue meter el pie en su charca y descubrir que sólo era lodo. No quise meterme allí de nuevo.

Después de contar esta experiencia con el autor, creo que tengo suficientes motivos como para calificarlo como un indeseable picor. Ahí está, Murakami, en las estanterías, en la boca de la gente, y no hace más que escocerme, pero al rascarme de una forma salvaje sólo me hago heridas. Lo encuentro a él, a su burla, a su parafernalia, sobre mi piel y al intentar arrancarlo, dejo arañazos.

Cada vez que alguien me dice que le gusta Murakami, pues bueno, me rasco de manera escandalosa y violenta, me coloco bien la falda del vestido y pongo mi mejor sonrisa.

So



Qué fácil es esbozar una sonrisa furtiva tras el encanto de un abanico.
Hoy tampoco tengo sueño.

Black in time


No sé, me decías entre bostezos, no lo entiendo.

Claro que no, qué vas a entender. Nadie entiende nada.

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Conversaban del equilibrio entre el poder de la fuerza y el de la palabra. Hace muchos años, cuando las guerras eran algo por lo que luchar, y los niños crecían bajo el peso de sus escudos, el instinto animal se respiraba en el ambiente, siempre orientado hacia una victoria que conllevaba la derrota implacable sobre el enemigo. Así, la muerte no era un obstáculo sino el orgullo por la lucha por la que se había sido educado, domesticado y adiestrado. Oídos sordos hacían los guerreros frente a la prudencia sugerida por unos -si me permite generalizar- sabios, que hablaban de la osadía, la tenacidad, y valores que se hallaban entre sus cuerdas vocales pero que no eran palpables. Pero no entendían más que espada y escudo, familia y honor, sangre y victoria, que eran otros términos que sí se materializaban en sus vidas y que, de hecho, se forjaban generación tras generación. Fue hereditaria, por lo tanto, la separación entre un guerrero que podía ser audaz, pero que ello implicaba debilidad y quizá duda, un capricho que podía costarle la vida.

Pasaron y pasaron los años, y sigo cuestionándome dónde está la separación entre la diplomacia y la sangre. Se trasladaron las guerras y las cruentas batallas hacia lugares inaccesibles para los medios de comunicación, tergiversaron, como en toda pelea que se precie, los hechos y hablaban ,de nuevo, sobre enemigos, aliados y muerte. Pero la distancia que ahora existe entre aquel que se dirige a lidiar y a combatir en nombre de su patria y aquel que lo ordena, que se presupone que es el poseedor del poder de la palabra, es abismal en comparación con la antigüedad. Nadie concibe que fuera exacto, los tiempos cambiaron, existen términos como democracia y derechos humanos que tratan de distorsionar la concepción de la supervivencia o del más fuerte. Sin embargo, el poder dominante actual ya no está en la palabra, ni siquiera en la fuerza, sino en el narcótico. Estamos completamente sedados, somos educados entre valores visiblemente ambiguos que pueden cambiar de un momento a otro y despedazar la estructura interna, qué soy, por qué actúo así, hasta que acabamos preguntándonos quién es el bueno y quién es el malo. Con una combinación de fuerza y palabra, se halla la fórmula para garantizar que la gente, el gentío, la masa, las personas, se orienten en un mismo sentido, tal vez difuso, pero aparentemente estable o al menos, de manera temporal.



Que el discurso desde siempre haya sido una manera para proliferar ciertas acciones es algo innegable, pero tampoco lo es la combinación suprema de fuerza y palabra actual,que producen el efecto de somnífero de la población, el cual sustenta el mundo entero.

Al igual que un gobierno dispone de fuerza coercitiva (ejército, policía) y de poder de palabra (políticos) para ejecutar sus decisiones y aplicarlas en el mero acto de dominación, también deberían existir esas vías para aquellos que no están de acuerdo, en tiempos de democracia. Y aquí me pregunto yo, por qué se alteran, por qué se sorprenden del uso de violencia con fines reivindicativos cuando las vías del consenso y diplomáticas son silenciadas con un simple gesto. No justifico, ni mucho menos, atentados ni acciones delictivas, pero sí doy a entender cómo es de comprensible que se llegue a esos límites. No existe combinación posible, equilibrio, entre palabra y fuerza para aquellos que no encuentran amparo en lo dictado por su propio Estado. Sólo supone cierta amenaza y, por tanto, atención, aquellos que violan todo convencionalismo social y rompen el silencio, ya no con pancartas, sino con bombas y con vidas.

Es una evolución curiosa, y el contraste es evidente. Parece mentira, pero esta reflexión me ha venido a la cabeza cuando he pensado en la gente que me da miedo. Y en mi cabeza he visualizado tanto a las fuerzas policiales como a los marginados sociales.

¿Por qué sobreviven?¿Cómo sobreviven? En sus metodología se halla la estimulación de su supervivencia: la violencia. Serán, los marginados sociales, los únicos que no acatarán órdenes del Estado y que, a la fuerza, desarrollarán el todo o nada. Mientras yo vivo bajo la ilusión de la libertad, pensando que no corro ningún riesgo, que no me juego la vida, y si lo hago, declararé culpables o sospecharé de aquellos que mantengan la actitud violenta por su supervivencia.

Que alguien me lo explique.

Temen a esta bruja si temen a su varita


Le gusta leer historias de vampiros enamorados que se ven impotentes ante el fatídico destino que creó barreras, pero que se entregan y deciden guiarse por los sentimientos que se entrelazan entre ellos. Pasa varias noches delante del ordenador, posteando con imágenes de princesas olvidadas, con vestidos estrafalarios, maquillaje oscuro y atrapadas bajo una máscara de soledad. Prefiere mirar a la luna, con el aroma del jazmín sollozando bajo su ventana, e imaginarse en un castillo encantado, mientras suena alguna melodía empalagosa y nostálgica. Quizá llora, al recordar, o quizá llora porque es incapaz de revivir momentos lo suficientemente tristes como para sentirse carcomida por la melancolía. Era verdad lo que decían, asentía. Vislumbró que no era sino la ilusión de tristeza la que más feliz le hacía, que prefería construir todo un universo lleno de mentiras, de desamores idílicos y de promesas quebradas, que era mucho más fácil volcarse en escritos que evocasen tiempos mejores, que recogieran sentimientos ajenos y otros escombros. Quería sentirse una princesa olvidada, una sombra del destino, producto de una serie de desdichas y erosionar su alma con falacias deliciosas, que dejaban amargos sabores (o eso había leído).
Miraba la portada de sus libros favoritos, y bajo la palma de su mano percibía el latir de problemas que jamás se interpondrían en su vida, de otros enredos que hacían vivir con pasión, con amor, con desolación, con desazón, con esperanza, con alegría, las inquietudes, quizá la búsqueda de un sentido para seguir despertando cada mañana (sin su olor). Mira su móvil esperando alguna llamada perdida, más bien, sin esperarla. Se había entregado al sensacionalismo y se revolcaba en el engaño, se mentía a sí misma cuando se calzaba esa actitud fantasmágorica, quizá de viuda frustada, o de princesa enterrada bajo promesas de amor eterno.

Pero ¿quién ha comenzado esta mascarada?

36

Vivir con los ojos cerrados no es más fácil.
Soñabas con despojarte de cualquier materialismo que pudiera colarse entre tus sentidos, cualquier distracción que contaminara tu mirada, pero ni siquiera los sentimientos que deberían desbocarse en tu interior cuando cerraras los ojos serían naturales. Ni te transportarías a mundos paralelos, ni seguirías un instinto, que ya se quedó perfectamente taponado hace tiempo. Nos hemos acostumbrado a pisar suelo y a desplegar unas alas ficticias que apenas gozan de la capacidad sensorial de nuestra piel. Injertos. Estamos desmembrados. Siento y no es más que una interpretación ya preparada, que se desencadena a través del sistema de automatismos que se configuran en mi mente. Así, valoro, actúo y ejecuto como acostumbro, con la razón, o lo que llaman razón entumecida, distorsionada. Los mismos límites que se establecieron para evitar la guerra de todos contra todos ahora son los que nos encierran. Pero es que, Paloma, no queremos vivir como animales, queremos una vida digna, un respeto por los derechos, una defensa sólida hacia la libertad del individuo. Queremos convivir. Me cansé de la ficción y quiero, ahora, volver a la realidad. Y con un suave toque de varita, despertar.

Ánforas por deshilachar


Hablaba hoy conmigo misma. Reflexionaba sobre las palabras, alma cándida, y lo fácil que supone articularlas. O no.
Cuando pienso en "sabiduría" y en mi mente visualizo a una bella Penélope, con rostro cauto y semblante decidido, que deja caer, como quien posa para la eternidad, el agua que todo lo cura, el agua que todo lo arrastra, del cuello de un ánfora milenaria. Los pliegues de una túnica azulada que evocan al sonido del mar, una larga y cuidada melena que simula las olas de un mar embravecido y unos párpados ligeramente cerrados, que buscan la trayectoria del agua que cae describiendo una curva perfecta, sobre la tierra. Con los pies descalzos, un gesto sereno y todo el tiempo del mundo, mi Penélope personalizada vierte toda su sabiduría con una elegancia impoluta, haciendo uso de esa mágica e hipnótica pose griega que inspira admiración sólo con mirarla y deseo, de permanecer entre pergaminos interminables, conversaciones elocuentes y guerras sanguinarias. Y es que cuando pienso en la palabra sabiduría y su portador, siempre se esboza ligeramente esa imagen en mi cabeza. Metafóricamente hablando, por supuesto.

Términos que parecen tan absolutos y perfectos, apenas volubles, apenas vulnerables, como el amor, la tristeza, el odio, la angustia, la tenacidad, la belleza, el miedo, la melancolía y otros que brotan de largos poemas, se me antojaron, hoy, totalmente inermes.Quise extraerlos, sentarme y tomarme mi tiempo, sí, repetiré, tomarme mi tiempo para poder desglosarlos. Me pregunté, entonces, si lo que yo llamaba amor, lo era para los demás. Si incluso lo era para mí, y no era producto de una mala articulación. ¿Merecen llamarse así? ¿Interpreto correctamente lo que siento? Espera, ¿sé interpretar?¿sé qué es lo que siento?



Balbuceé, en mi interior, un "dios mío". Y continué andando, esta mañana, perdida entre turbios pensamientos. No, otra vez lo mismo, miedo. Abrí la puerta del qué puede ser, qué fue y que será y ahora no encuentro el modo de cerrarla. Todavía lo rumio y sigo sin encontrar respuesta. ¿Qué dices que sientes? ¿Por qué afirmo con tanta facilidad que yo también? ¿De verdad te entiendo?¿Debería?
Se abrió el abanico del pasado y una ligera brisa azotó mi memoria. El ejemplo clásico de los colores. Digo yo, decimos todos, que las fresas son rojas, pero apenas sabemos calificar los colores, que no existen adjetivos objetivos para hacerlo (aunque los adjetivos nunca puedan ser estricamente objetivos, pero eso dejémoslo para otro día) y acabas comparándolo con otros objetos que brillan igual, describiendo largas cadenas de cosas. Pero, obviamente, para ti compartirán el mismo color porque eso sí es algo fehaciente, pero quién dice qué color es cuál. Y si donde tú ves azul para mí es verde, y si donde yo veo rojo, como el carmín, tú también lo acuñarás rojo, cuando quizá sea mi naranja.

Así, así, Penélope encuentra un nudo casi imposible de deshacer en la madeja. Y trata de deshacerlo, de destruir, para crear de nuevo, pero al igual que yo, sólo encuentra trozos deshilachados. Desería saber, sin poder denifir con precisión qué quería decir aquello, pero desearía vislumbrar qué se esconde detrás de esta maraña de contratiempos, grietas y moldes que se van puliendo y cambian de forma con el paso de miles de años, o tan sólo en cuestión de segundos. Quería entender, comprender, y no sentirse inmersa en noches interminables que se enmascaran en suaves choques de varas y más de una vez se vio tentada a hacerse con una de esas máquinas que consiguen perfilar y coser, con mucha más eficacia y con menor esfuerzo, su destino, sus pensamientos, su tiempo, su vida. Pero renegó de aparatos, que ya se sabe que los carga el diablo, para entregarse de nuevo al roce de sus manos, que se entrecruzan segundo tras segundo, minuto tras minuto, noche tras noche, y que paulatinamente se van deteriorando. Como yo, que busco una distracción que consiga evadirme mientras mis manos se van entrelazando, de manera invisible, segundo tras segundo, minuto tras minuto, noche tras noche, para poder tejer mi destino, mis pensamientos, mi tiempo, mi vida, para poder tejerme a mí misma.

Insomnia

Cansada, habiendo rozado los límites de la exageración, devastada, exhausta y con cierto aspecto fantasmagórico, se decidió a enterrar de una vez por todas los prejuicios, las evasiones permanentes, los bostezos irreverentes y las ensoñaciones profundas. Buscó con su mano curiosa un psicotrópico con el que maquillarse los párpados, sombras azules hipnóticas inundaron su rostro y sintió latir al dragón que se escondía bajo sus escamas. Garabateó, con pereza, un intento de "caos"en un papel, para más tarde retorcerlo y verlo caer en la papelera. Quiso recurrir a los orígenes y mirarse ante el espejo para que la mujer que siempre quiso ser le devolviera la mirada, coqueta. Pero entre parpadeo y parpadeo no encontró ni mariposas del olvido, ni recuerdos entrelazados, ni sonrisas ladeadas. Se pasó la lengua por los dientes y se inclinó ligeramente para terminar el ritual. Deslizó el lápiz de ojos hasta perfilar su contorno, se mordió los labios una última vez.

Y se entregó al poder de la noche, a sus sombras, a la alevosía, a un devenir bastante predecible, pero al carácter perfectible del momento, y hundió sus finos tacones en la alfombra que le conducía a una experiencia posiblemente superflua, vacua o quién sabía, quizá gloriosa, demoledora e increíblemente deliciosa. Ella no lo sabía pero tampoco quería saberlo. Abrió el bolso con un suspiro para hacerse con el perfume que le arrastraría a horas llenas de susurros, frases inconexas y atrevimientos. Pasó uno de sus finos dedos por sus labios, tatuando en ellos una invitación, que, rechazada o no, esperaba el momento idóneo para materializarse, entre humo y chispas, para dejar la chistera vacía.

Idilios íntimos


Detrás de la puerta no hay nadie. Él se acerca sigilosamente y pega su oreja a la madera. No se oye ni un alma, que diría mamá y aún así desliza su mano por la plancha, para encontrarse con las asperezas, los relieves imprevistos y los recuerdos que quedaron sellados. Cierra los ojos, para transportarse lejos, lejos de casi todo, y se humedece los labios, concentrado. Miel, piensa. Suavemente las yemas de sus dedos comienzas a dibujar figuras en las arenas movedizas. Miel. Y sus dedos se sumergen en un líquido viscoso lentamente. Dorada, la miel es dorada. Pasa la lengua por sus dientes y ahí está, empalagosa, densa y dulce, muy muy dulce, demasiado, porque sus dientes comienzan a temblar. Intenta hablar, pero decide barnizar la puerta con su lengua y sus papilas gustativas se contraen, se resienten al entrar en contacto con la insípida y roída madera. A la mierda, él se pierde entre sus sentidos. Y cuando vuelve a encontrarse con su paladar, cierra los ojos para evocar las olas del mar, los momentos que quedaron resguardados a la sombra, e incluso el olor, el frágil aroma de los días que quedaron estancados en un álbum, en la sonrisa ladeada de mamá, la delicada caricia de la espuma que destruye los primeros castillos que se atrevió a erigir. Por ti, pequeña, por ti. Se atreve a sonreír, todavía detrás de la puerta, y a reír porque se acuerda de tus palabras, tus réplicas y tus otros reproches. Piensa que eres única y deja que su dedo índice se pierda entre las líneas que atraviesan la superficie de la madera, pero no se contenta con el recuerdo, no lo hace, abre la puerta.


9 dice:

¿Estás?



La modernidad y otras cursilerías


Echo de menos un martillazo directo sobre mi cabeza que provoque un estallido, la erupción de un dolor profundo y que se vierta la lava, que me abrase la piel, que se derrame por mis brazos y se enrosque entre mis dedos.

Y poco a poco, estremecerme, sentir el calor, el ardor de los escalofríos, las lágrimas de impotencia, adentrarme en el silencio por un segundo, y volver a notar el latido de un corazón desbocado, patalear con fuerza , break on through to the other side.
Everybody loves my baby
Everybody loves my baby.)

Que vengan, que vengan que los estoy esperando.

Bandera negra

Tú no eres apolítica o agnóstica, tú lo que eres es subnormal.

Estoy bastante cansada de las medias tintas, del sí pero no, del hoy quiero y del mañana querré pero no podré y de otras tonterías. Yo también soy indecisa y pienso en las consecuencias, y sopeso los pros y contras, sólo que no tengo la pizarrita molona de House para demostrarle al mundo que de vez en cuando destripo teorías universales. No, como mucho, con un seis y un cuatro haría la cara de tu retrato.

No hace falta sentarse en una mesa alargada donde bajo tu busto y tus manos entrelazadas haya un cartelito amarillo que indique tu nombre. Ni llevar gafas, ni coleccionar libros antiguos, ni admirar el arte del cinquecento. Ni llevar una pluma en el bolsillo de la americana, un pañuelo con tus iniciales o el fondo de pantalla de tu viaje a Nueva Delhi. Estoy hasta las narices de repetir que no hace falta llevar gafas de nerd, ni ser rematadamente feo, ni ser tremendamente guapo, para tener alguna que otra inquietud. O al menos, para fabricártela.
Es que parece que el exuberante mundo de los pensamientos sólo esté reservado para los más capacitados, aquellos con el cráneo kilométrico o con el ego elefantiásico. Y son, en ocasiones, aquellos que más dicen pensar, que más debaten o meten cizaña, los que menos activan su aparato moldea-y-jerarquiza-tus-ideas, son los que tienen un poster de Reservoir Dogs (ejem), los que leen Hesse en el metro (ejem), o los que fardan por considerar que las pinturas negras de Goya son una delicia a los que se les ha otorgado el legado de la filosofía actual. Hermanos, caminad con aires de superioridad, pues a vosotros se os ha concedido el don de la reflexión y sólo seréis los miembros de vuestra estirpe los capaces, los hábiles, los que verán más allá del reflejo de su figura en el espejo y no le preguntarán, ambiciosos, por la belleza universal, sino por la verdad absoluta. Sólo aquellos que descansan en un parque, al solecito de un banco, con las piernas cruzadas y viendo a la gente pasar serán los elegidos.
Bueno, creo que el mensaje está claro, paso de recrearme más. Y es que todo el mundo puede tener ideas, unos más complejos que otras, también porque unos se preocupan en estimular su creatividad e imaginación, otros aseguran hacerlo, y ya ves a la rubia de pelo erizado delirar mientras espera al autobús. Si es que hay días en los que nos dan arrebatos de lucidez y no somos capaces de valorarlo. Eh, PENSAMOS. Eh, REFLEXIONAMOS.
Y no te creas que lo que diga yo sea cierto, sólo porque entrelazo mis dedos, ni aquel sabiondo que asegura haberse leído la obra entera de George Orwell, ni el palurdo ese de gafas que te mira con aires de condescendencia. Abajo los burgueses de pensamiento.
No pasa nada si pecas de ser un soberbio imbécil, al menos, te atreves a interesarte y no te quedas de brazos cruzados. Escucha, aprende y medita. Poco a poco se irá abriendo ante ti un mundo totalmente nuevo de ambigüedades que te traerá más de un quebradero de cabeza. Y ahí que me quedo yo, placer absoluto. Pero por dios y por la virgen, no te encojas de hombros, no pases del asunto ni asegures que te importa una mierda, al menos, en realidad. Yo también digo que no me interesa algo y voy corriendo a ver de qué estaban hablando porque me sentía estúpida sin poder opinar. No está de más descubrir que eres una completa imbécil, pero al menos, no te quedes estancado en la conformidad. Evoluciona, agnóstico de mierda.

Me gusta que estemos solos


(Se abre la puerta de la habitación y él asoma su cabecita)


- ¿Puedo pasar?
- Sí, claro. Sabes que puedes.

(Ella mira con una sonrisa cómo él se desliza hacia el borde de la cama, inquieto)

- Cuéntame, anda, sé que algo te preocupa.
- Maldita sea, me conoces demasiado bien.

(Ella se despereza, cierra el libro que descansaba sobre su regazo y lo deja en la mesita de noche)

- ¿Y bien? Tampoco es muy difícil, sólo entras en mi habitación para dos cosas. Y Natalia ya te dio una alegría anoche.

(Él la mira incómodo, ella deja caer una risita)

- Serás becerrín, ven, acércate, alma de cántaro, que todavía no muerdo.

(Él se acerca y se pasa una mano por el pelo, preocupado).

- Últimamente no estoy inspirado.
- ¿Te has cansado de tu musa?
- Creo que la despedí improcedentemente y me ha denunciado.
- Por qué no me extraña, baby. Pero bueno, todo es saber encontrarla.
- No creo que sea posible.
- ¿Así sín más?¿Ya está?¿Te rindes?

(Ella cruza los brazos)

- No, pero no es fácil inspirarse cuando sientes que lo que escribes está vacío.
- ¿Vacío?
- Así es, me he vuelto un dogmático.
- ¿Y eso es malo?
- Como puedes ver, lo es.
- Quizá te estés equivocando con las palabras.
- ¿Con las palabras?
- Sí.

(Él espera en silencio)

- Sí, no sé. Si cuando te lees no te sientes dentro, es porque quizá no emplees las palabras adecuadas. Al final, todo encaja.
- Quizás sea eso, no es tan fácil sacar al exterior los sentimientos.
- Yo no dije que lo fuera. Y ya sabes que me alegro de que tan de vez en cuando te asomes y me dejes ver algo de lo que tienes dentro.

(Él sonríe).

- Pero, ¿ a quién le importa lo que sienta alguien?
- A ti, por ejemplo.
- Pero eso no da de comer.
- ¿Para qué lees tú?

Eterna parálisis


Salgo al patio y alzo la cabeza, para dejar que los rayos de sol bañen mis párpados cerrados.Respiro y de lejos oigo la suave brisa, las hojas meciéndose con el compás de un viento que más bien parece haberse escapado de la caja del estío y también, a los coches pasar y a la gente caminar. Ahí es cuando trago saliva y me digo a mí misma que no tardaré en derretirme, al menos, en la sensación, porque preferiría permanecer muda aunque tan solo fuera unos minutos más, con una sonrisa medio esbozada, conteniendo el aliento.

Y pienso que ya no me queda matería onírica para evadirme, que un día me dormiré y mi subconsciente no tendrá lugar donde desembocar. Qué será de mí, le pregunto al sol. Pero no encuentro respuesta que camufle mi interrogante, y no me sorprendo.Todo fluye y ni siquiera yo soy una constante.

Ensayo sobre mi ceguera

Paloma se frota las manos.Y es que no es para menos, se prepara para disparar. Atentos, preparados, listos, ya.
Te propongo un juego muy sencillo. Para que veas que soy generosa, me salto la parte de "coge un lápiz y un papel y apunta..." porque sé que no lo vas a hacer. Piensa, pues (aquí no se trata de hacer trampa o no porque no te podrías mentir a ti mismo, por esa misma razón lo de anotarlo es totalmente prescindible) cuál es el filósofo que más te gusta.Si quieres cambiarlo, me sirve con un, ¿si fueras un filósofo, cuál crees que serías?¿Con cuál te sientes más identificado?Parecen preguntas distintas, pero desembocan en el mismo océano. ¿Lo tienes? Empecemos, pues.


Tomaré como punto de partida una reflexión bastante interesante, ¿quién dictamina quién es y quién no es filósofo?¿Quién te acredita para que puedas colocar en el apartado de intereses varios de tu currículum aquello de "reflexionar vagamente" (eso si eres algo más modesto y bohemio) o "filosofar" (si odias lo artificioso y prefieres lanzar la bomba)? A mí, personalmente, me ha pasado aquello de intentar buscar un nombre de alguien que yo suponía que era un filósofo "acreditado", buscarlo en la wiki y encontrarme con que es economista, sociólogo y músico en sus ratos tristes y libres, pero de filósofo ni el aroma.¿Entonces me he inventado yo que X era filósofo, un gran pensador?Juraría que no. Qué relativo es el mundo que nos rodea y con qué facilidad dejamos caer las palabras.
Bueno, después de dejar esta reflexión aquí impresa, vamos a comprobar cuál ha sido tu resultado. Vale, espera, no me lo digas aún. Hay un 90 % de probabilidades de que tu respuesta se encuentre enmarcada entre: Rousseau, Nietzsche, Platón y Sócrates. Si eres un poquito más original puedes haber dicho Descartes, pero algo me dice que no es lo has escrito en nuestro papel imaginario.Quitando el 10 por ciento que supone el margen de error de mi curioso "ajajá-te-pillé", he mencionado a los autores más famosos o que más se conoce como filósofos "acreditados". Personalmente, antes de empezar a destripar todo este disparate, diré que yo no soy una experta en la materia, ni mucho menos, y que por eso mismo me permito analizar mi propia respuesta y elaborar una conclusión, cruel conmigo misma, pero sigue siendo válida.Yo me pregunto, ¿qué demonios tendrá Nietzsche que a todos nos atrae?Supongo que la respuesta, en muchos casos, será un simplón "su filosofía", a lo que yo asiento, poco sorprendida.Pecarás de obvio, pero como todo el mundo hacemos, tranquilo. Voy mucho más allá de todo el análisis confeccionado por nuestro amigo bigotudo que no me dispongo a plasmar, (más que nada porque cojearé y se me verá la pluma, vaya) para destentrañar qué conlleva ese F. Nietzsche que a todos nos hace sentir un escalofrío. Será por su contexto, he pensado hoy, por su fama de romper con aquello que se consolidó en nuestra amada Europa (aquí es donde unos dirían "reveló cuál era la verdadera situación de nuestro continente", pero yo no pienso hacerlo)durante tanto tiempo, el dichoso hombre moderno, apolíneo, que se refugia en metáforas y conceptos abstractos para evadirse de la realidad.Ahora que lees esto, le ves el atractivo, como lo veo yo y como, muy probablemente, lo hará mi vecino también.Recuerdo como si fuera ayer a mi profesor de Filosofía de 2º de bachillerato haciendo la introducción de este autor, después de haber pasado un Rousseau que resultaba un tanto empalagoso y difícil de digerir. Sonrió y se frotó las manos (de ahí mi principio) refiriéndose a él como "un veneno, es una enfermedad" y de la controversia que ha generado en el claustro de los profesores de filosofía sobre si se ha de estudiar o no (mencionó cómo se hizo la votación para elegir qué filósofos son los más adecuados para estudiar durante el curso y para los que después tendrás que examinarte en el adorable selectivo). Sin embargo, él se había decidido a dar el autor aunque muchos colegios preferían Marx, o al menos, eso afirmaba, con una mano sobre su manual. Luego se perdía un poco en el vacío, recuperándose de la exaltación, y volvía a sumergirse en su tono taciturno y monótono, como si estuviera medio adormilado, mientras interrumpía, tan de vez en cuando para aclarar algunas dudas sobre el texto. O simplemente para mencionar cómo había muerto de sífilis ("era un putero"). Pasabas el libro con rapidez (como leía Sabrina, jamás se me olvidará ese detalle) y tu mirada se posaba sobre "superhombre", "nihilismo","ejército de metáforas","verdad","inmanencia","columbario", "bellum omnium contra omnes"... Y así, así te perdías entre palabras que por aquel entonces se te antojaban nuevas pero un tanto pomposas (ahora me dirás que la primera vez que leíste superhombre no te reíste, ya, claro). Yo al menos cuento con este factor que aumentó mi curiosidad de manera exagerada, ¿ a qué venía esta presentación?¿aquellas palabras de "sólo podéis amarlo u odiarlo"?¿Qué había descubierto este hombre, después de que un pirado hablase del mundo de las sombras, otro sobre las tautologías, las impresiones y las ideas, para acabar durmiendo entre la inmediatez, los sentimientos del corazón y el maldito vicario saboyano?¿Qué iba a ser esta vez?
Daré un salto porque creo que se me ha ido un poco de las manos, no quería hablar sobre lo que dice el bigotudo y ahora estoy aquí.Pero bueno, qué diantres, me sirve para reafirmarme. De este modo, cuando la contestación es Nietzsche, la otra persona sonríe, y mucho.Es como si fuera la llave que abre la puerta del mundo interior, y he encontrado, sí, lo he hecho, su equivalente (iba a decir homólogo, pero no me sirve, no maltratemos a las palabras, no hoy, al menos) en el mundo del cine. Adivina quién. Sí, eso es, Stanley Kubrick.


Abriré, no sin cerrar los ojos, la herida que a todos nos tiene conteniendo el aliento. ¿Por qué somos mejores si colocamos una película de Kubrick entre nuestros filmes favoritos?¿Por qué si decimos Nietzsche parece que estemos dándole la contraseña al cómplice y sea el paso definitivo para conquistarlo?Me incluyo. A todos nos gustaría colarnos en esa secta que la conforman las personas que ahora tendrían unos 20 picos, toca la generación del club de la lucha, Tarantino, Kubrick, Schopenhauer, Hesse,Extremoduro, Olvídate de mí, American Beauty y otros proverbios chinos.¿A que más de uno de los mencionados te gusta?Párate a pensar en la connotación que llevan cada uno de ellos y date cuenta de cómo si una persona se te acerca en una discoteca y te suelta algo así como "Dios, (en bajito: mi cubata) ha muerto" te excitas en cuestión de segundos. Tú y yo lo sabemos y la humanidad entera, siento decírtelo, también lo hace. Tu alma buscaría entrelazarse con la suya y fundirse en un mundo intemporal de libros roídos y críticas a esta sociedad de mierda.Y en ese preciso instante, salgo yo dando botes por detrás, sosteniendo un cartel que reza " ¿POR QUÉ?".
Aún después de decirte todo esto y de pedirte que no te estanques en los adornos y toda la pafernalia, la polémica y demás historias para no dormir que rodean a los títulos y personas ya mencionados, sé que no lo harás, porque es inevitable.Pero yo he dejado la puerta abierta, y tan de vez en cuando, oigo cómo por el resquicio se asoma un nuevo autor, una nueva crítica, una nueva reinterpretación. Adelante, le digo. Otras le espeto un "lárgate".Nadie es perfecto, y yo no iba a ser menos. Aunque supongo que todo lo que ya he dicho antes lo sabías, lo habías reflexionado en algún momento de tu alocada vida y ahora te encogerás de hombros, esperando a que me calle de una maldita vez, consideraba que era curioso parar a pensar, antes de tener siempre a Nietzsche en la punta de la lengua. Parece que esté ya metido en el cañón para salir al menor estímulo, y un día lo escupirás con tan poca naturalidad que causarás, cuanto menos, estupor. ¿Parecerás soberbio? Quién sabe. Es tan fácil pecar.Es tan fácil impresionar a algunas personas con humo, y tan cómodo hablar para acabar escupiendo chatarra.
Pobre Fry, hoy le he visto menos encanto que de costumbre. Aunque estáte tranquilo, que la próxima vez que me lo mencionen volveré a fundirme, como de costumbre.

Who says

Se me escapan las palabras, se me escapan, me decías, se me escapan pero no soy incapaz de domesticarlas y allá van, en el aire se moldean y te ladran todo lo que yo vine a decirte pero no pude, pero no pude, repetías.
Yo tenía sueño, demasiado, y sólo quería irme a casa. Pero tú, tú estabas descontrolado y rebuscabas por el suelo como si las oportunidades cayesen del cielo y permanecieran bajo nuestros pies para que los recogieras. Como setas, reías, entre lágrimas, debo de estar loco, confesaste.
Yo te sonreía, demasiado, y sólo quería irme a casa. Meterme en la cama y despertar mañana con los momentos convertidos en recuerdos, correctamente embalados y colocados en la estantería del 12-03-2010. No obstante, insistías y decías que querías formar parte de mí, no sé qué de mi destino y que el amor desenfrenado nos conduciría a ti y a mí a la felicidad.


Yo lloraba, demasiado, porque eras adorable. Y aunque me moría de ganas por irme a casa, me estabas enamorando con cada idiotez que ibas diciendo. Te pasa algo, me preguntabas, y rápidamente el viento se llevó la sonrisa para dejar atrás una mueca preocupada. Y te abracé, porque no quería oír nada de aquello anoche, sabía que bromeabas, que quizás mañana ni te acordarás de cómo ordenaste las palabras, ni de lo que me querías decir y no dijiste, o de lo que sí dijiste pero no querías decir.
Se me escapan las palabras, te confieso yo ahora, se me escapan.

Kurniawan

Nightmares heal later
There we go, sweetie.

Over


Aprendí, tal vez tarde, tal vez pronto, que la vida no está llena de personajes enmascarados y de ángeles inmaculados.Que dentro de las sombras, todos somos extraños y que entre tú y yo hay, a la vez, la nada y el todo.Y es que por mucho que te vea siempre existirá un barrera que me impida acercarme y abrazarte, o simplemente rozarte el brazo para animarte. No hablo de impedimentos físicos, como ya sabrás, me refiero a la burbuja mental que nos hace distintos, a pesar de que tenga las lentes ajustadas, sigo viéndote como un otro.
Se me olvida, no obstante, que es la misma luz del mismo Sol la que ilumina nuestras cabezas, y veo un muro, un sólido muro que se edifica entre tu cuerpo y el mío.Somos débiles para traspasarlo porque fuimos ingenuos al construirlo. Ahora que te veo distinto, tengo miedo a entrar en contacto contigo y que me absorbas, que me niegues mi realidad o me transformes.Porque poco a poco fui creciendo y me enseñaron qué es el bien y qué es el mal, o al menos, me dijeron que lo hicieron. Me cogieron la mano y me obligaron a palpar la esencia del "esto no se hace, esto no se dice" y como buena chica, lo asumí.


Son sólo quimeras, me digo ahora mientras estás ahí. Es el humo el que no me deja verte, ni sentirte, soy yo la que se empeña en decir que no te alcanzo y sé que tú, que mucho hablas del amor y de que estas cosas no te van pero que siempre acabas cayendo en el juego, me darás la razón cuando leas esto. Lo sé porque te sentirás inevitablemente identificado. Ahora que lo pienso, tal vez no.A lo mejor no me expresé bien y no tienes ni puñetera idea de lo que te estoy hablando.

V V V


Como en la última película de Woody Allen donde el protagonista manifestaba una aversión por los tópicos, yo también he torcido el gesto más de una vez cuando me decían algo que encajaba con los esteoreotipos, opiniones que en su momento osé calificar como superfluas, y estoy convencida de que esta actitud habrá irritado a más de una persona.


Porque un ejemplo claro pasó el otro día, cuando me hablaban de la Sombra del viento mis amigas y me decían que era un libro precioso y que les gustaba. Yo me metí los dedos en la boca y al segundo las miré, burlona, arrugando la nariz. Así que seguimos caminando hacia la mascletà, se pusieron las tres a conversar sobre el final, se escapó un "las segundas partes nunca fueron buenas" y otras pinceladas que no me interesaban en absoluto. Anduve y mientras recordaba la de veces que lo he hecho cuando me mencionan ese dichoso libro y me asqueé un poco al pensar que puedo llegar a ser bastante repelente. No se ofendieron, ni mucho menos, porque me conocen y saben que lo hago de broma, que lo pienso pero que de vez en cuando dejo escapar mi opinión entre sonrisas y lo suavizo. Pero pensé en los prejuicios y los estereotipos,en las primeras y segundas oportunidades que no concedo cada día, las borrosas impresiones que genero en cualquier momento sobre los demás, y todo ese cúmulo de percepciones que carecen de valor. De este modo, volví de nuevo al ámbito de los tópicos y apreté los dientes, mira que da rabia cuando alguien deja suelta una de esas malditas frases cargadas de adoctrinamiento rápido y eficiente. Sí, lo he dicho, son útiles y ayudan a recordar que lo que casi siempre sucede es muy probable que vuelva a ocurrir. Ya sabes, más vale prevenir que curar, quién avisa no es traidor y cuando el río suena agua lleva, cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar.Así hasta el infinito y mira que me irrita, al menos lo hacía, era momento "pataleta", ¿por qué tienen razón? El hecho es que nos cuesta aceptar a veces que, a pesar de que todo es muy ambiguo y volátil, también hay constantes que ayudan a reforzar la idea de la existencia de unos pilares que sustentan todo lo demás. Porque la hiedra necesita un soporte por el que deslizarse caprichosamente, aunque luego se tuerza hacia un lado o hacia el otro, como le venga en gana. Así que hay que aceptar que la probabilidad juega un papel muy importante a la hora de jugárselo todo o de plantarse, el as todavía permanece en la baraja. Descártate, utilízalo a tu favor, cree, inventa hipótesis, teoriza.Pero siempre habrá cartas ocultas, sean las que sean, bocabajo están despositadas y con una suave caricia, saldrán a la luz, como las coincidencias, o para ser menos empalagosos, como los hechos y los sucesos, los holas y los te quieros.Tuve que cambiar de postura, a la fuerza, porque el tiempo pone a cada uno en su lugar, así que refunfuñé un "es cierto, vaaale, lo reconozco, funcionan".
También es importante señalar que dentro de los refranes y dichos populares hay algunos que ayudan a guiar, otros que sirven para consolar y los que, en resumidas cuentas, parece que sirvan para escarmentarte (¿más todavía?). Son como acordeones de papel que se despliegan delante de tus narices, y que, con una voz un tanto familiar, sentencian.Así que les pillé el punto, y decidí utilizarlos, a veces incluso confieso que digo demasiados, pero son tan útiles, tan odiosamente oportunos que por qué no enseñarles a los demás los fósiles que quedaron de la sabiduría de viejos tiempos. Antaño, suspiraba.Recuperar la brevedad y la precisión, dejarse de frases largas e inconexas, barrocas y voluptuosas, que al volcarlas apenas caen resquicios de susurros sobre la palma de tu mano. Y lo más gracioso es que lo digo yo, que me encanta enredarme en tu pelo, recordar el exquisito aroma de la lluvia al caer sobre tus sueños.
Quizá lo mejor sea saber cuándo escatimar y cuándo florecer.

En la brevedad del yo


Dejé de rezar hace tanto, me decía, que ya no tengo a quién echarle la culpa.
Yo lo miraba expectante, ávida de conocimiento, necesitaba que me diera una sólida razón, un sentido al que aferrarme para que entre mis lamentos pueda vislumbrar de una vez por todas un recuerdo que convierta en sonrisas los malos momentos, en destello el amargo sabor que se instala en mi paladar cada vez que pienso en ti.
Era un verdadero placer conversar con él porque sabía en muchos de los casos de lo que hablaba y eso me tranquilizaba, ¿a quién no?. Llovía afuera y las gotas se deslizaban por el cristal, así que cuando giraba la cabeza para evadirme y poder resguardarme bajo sus palabras, para poder saborearlas entre el aroma del café con leche que tanto me agradaba, sólo me encontraba con una realidad distorsionada.

-¿ Y tu paseo con tu padre, qué tal?.

Asentí, volví a mirarlo.

-Muy reconfortante.Mucho, en un principio puede ser un verdadero coñazo porque te cuenta las batallitas que pides y las que parece que se escondan detrás de cada maldito adoquín de la calzada. Ya le conoces, le encanta deshilar la madeja hasta el final.

Lo miré para ver si prestaba anteción y allí estaba, llevándose la taza a los labios y sonriéndome. Era un verdadero placer estar a su lado.

- Lo que decía, vaya - se me escapó una sonrisa- se enreda y se desenreda, le encanta hacer guía turística por lo que fue el pueblo de su infancia. Ya sabes, " por esta rampa me caí", "aquí es donde jugaba yo con la pelota", "vivía la tía Avelina en esta casa pero se tuvo que mudar porque era la más vieja de todas".Pero aunque reconozco que desconecto con mucha frecuencia porque me pierdo entre las conexiones y en mi imaginación se dibuja como una - hice un gesto en el aire, pintando con la yema de mi dedo un rectángulo - como una puerta que conduce a un terreno mucho más, bueno, sí, interesante, por así decirlo, pues, lo que te decía, a pesar de eso me encanta saber que le ilusiona contarme estas cosas.

-Entiendo- repuso-, sólo con que le acompañes se siente feliz.

-Exacto- asentí, enérgica- es increíble cómo se le ilumina el rostro cuando le pregunto si va a ir a pasear al pueblo. Cuando salimos de casa siempre se mete conmigo y con mi "trote cochinero", se burla un poco y en seguida sonríe. Y no es como esta mueca que se me dibuja cuando algo me hace gracia, es pura ternura, es para deshacerse, abrazarlo y decirle 500 veces seguidas te quiero.

- Ya, ya. Sé a qué te refieres.

En este punto de la conversación, si hablara con otra persona, no le habría creído. No es tan fácil de entender, no es tan fácil de visualizar. Pero siendo quien era, no podía cuestionarlo, lo sabía perfectamente, él, dueño de las palabras.

-¿Y alguna vez le has dicho lo mucho que te gusta estar con él? ¿Aunque solo sean paseos esporádicos? Encontrar un ratito en el que poder tener conversaciones con tu padre, como en la película.

-Sí, sí - reí-, yo también pensé en la película, es total. Pero claro, claro que lo hago, cada día discutimos sobre algo, la semana pasada el tema fue el coche, cómo calé la maldita chatarra mil veces y la diferencia entre cambio de sentido y cambio de dirección.
Levantó las cejas, sabe que me encanta bromear.

- Pero- continué -, por ejemplo, hoy tocaba hablar sobre las palabras que utilizo como insulto, véase becerro, cazurro y otros fósiles.Y esa conversación que podía haber durado cinco segundos, se dilató hasta llegar a la hora y nos recreamos en anécdotas y otras tonterías, se atrevió incluso a hacer alguno de esos chistes que me sacan de quicio, o mencionó batallitas de su infancia relacionadas con el léxico. Era, no mágico, pero sí precioso. Como una conexión - y encerré entre mis dedos una bola invisible- que lograba unirnos a los dos con fuerza.Adoro estos paseos, con ellos puedo demostrarle lo mucho que le quiero.
Hablé tanto que tuve que humedecerme los labios y darle un buen trago al café. Me fijé en el paraguas amarillo de la chica pelirroja que se refugiaba bajo el toldo. Era monísima.

- No vamos a hablar de lo de siempre porque sé que estás cansada.

Oí cómo se había puesto serio, su tono era diferente y parecía que sus palabras estuvieran hechas de fuego, con sus destellos rojizos que se enroscaban en el aire y dejaban una nube de cenizas tras su paso. No quise mirarlo, maldito dragón, cómo me conoce.

-Pero ambos sabemos que tarde o temprano vendrás, llorando.Querrás que te escuche y sabes que lo haré encantado. No lo sabes, lo sientes, lo visualizas perfectamente, aunque hagas como que no me escuchas.

Apretaba los labios y la miraba, a ella, a la joven que llamaba desesperada por su teléfono móvil. Quise estar al otro lado, quise irme con ella de compras, deseé que me invitara al cine, que tuviéramos cualquier conversación superficial. Lo que fuera, pero no estar ahí dentro, viendo de soslayo cómo la verdad serpenteaba hacia mí. Oí un ligero suspiro pero supe que era una breve pausa.

-Necesito que te abras y no haré burdas metáforas porque sé que contigo no funcionan. No pienso ilustrarte el significado de nada porque entiendo que siempre nos hemos comprendido a la perfección y sería muy injusto por tu parte que me exigieras un sermón. No lo vas a hacer, así que necesito, y ahora te lo digo completamente en serio, que dejes de hacer como que no me escuchas y me mires.

La chica dio media vuelta, metió el móvil en su bolso y corrió para adentrarse en la ciudad desdibujada.

- Bueno, ya se ha ido.

Seguí sin girarme, porque era incapaz de decir nada.

- Me hago mayor, lo sabes. Pero todavía sigo aquí.

Mierda, se acercaba la conclusión, no quiero oírlo. A continuación habló, pero no lo oí, pude meterme de lleno entre la gente y escapar durante lo que pudo ser, quizá, un minuto, dos tal vez.Sin embargo, un dulce aroma me trajo de vuelta.Y por fin lo dijo, aquello que llevaba latiendo dentro de mí desde hacía tiempo, como Jumanji, lo sentía removerse entre mis arenas, contudente, un estruendo que resonaba dentro de mi propia caverna.
Me cogió dulcemente de la mano, me miró a los ojos, mientras yo temblaba visiblemente porque no podía contenerme, el dolor de sus palabras ya había penetrado en mis venas, con el suave contacto de su caricia ya notaba las lágrimas que empezaban a asomarse tímidamente.

- Pasa página.